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ÁLVARO VALVERDE   ÁLVARO VALVERDE   ÁLVARO VALVERDE

Álvaro Valverde nació en Plasencia en agosto de 1959. Esta ciudad forma parte del mapa íntimo que su palabra ha ido trazando a lo largo de los años. Palabra que es una reflexión constante sobre el lugar que ocupa la conciencia en el tiempo. Contemplación y memoria son las dos actitudes que la constituyen: la que viene de la mirada y la que sabe del pasado como un presente. El tiempo es la presencia del lugar, y en su contemplación halla el discurso el cauce apropiado para resistirse a la temporalidad del mundo y del hombre.

Ya desde su primer libro de poemas, Territorio (Diputación Provincial de Badajoz,1985) y sus primeras plaquettes Sombra de la memoria (1986), Lugar del elogio (1987), se insinúan los temas y preocupaciones que constituirán el núcleo de su etapa madura: Las aguas detenidas (Hiperión,1988), Una oculta razón (Visor, 1991), IV premio LOEWE, A debida distancia, (Hiperón, 1993), I premio Ciudad de Córdoba,  Ensayando círculos (Tusquets,1995), Mecánica terrestre (Tusquets, 2002).

Como narrador, ha publicado dos novelas, Las murallas del mundo (Algaida, 2000), una traslación no menos precisa de esa geografía poética que mencionábamos arriba; y Alguien que no existe (Seix-Barral, 2004), donde continúa, intramuros, el desarrollo de ese mundo a través de un retablo de vidas y recuerdos en los que la interpolación de niveles narrativos entreteje un universo que es a la vez resultado del ensueño y registro de lo acontecido.

Fue cofundador de la importante revista Espacio/Espaço escrito; y ha recogido parte de sus artículos en El lector invisible (Editora Regional de Extremadura, 2001). Recientemente ha sido nombrado director de la Editora Regional de Extremadura.

EL POETA EN SU PROPIA VOZ

III  

 

ACUDEN, a la noche, con las sombras

los sones de la sierra susurrando,

mecerse de malezas, girar de las gargantas,

silencio estremecido de la altura,

callado serenar de lo que alienta

y nos sacude con su miedo.

Temor de ver el cielo interminable

que una mano señala.

Dulce temor que viene a visitarnos

más allá de la noche en la penumbra

abierta al negro vuelo

de las constelaciones.

Dulce temor que rompe

la calma indescifrable de las cosas

y su terror innúmero.

Más allá de la noche el horizonte

respira lentamente su vacío

y de la luz es víspera su cima.

Y con la luz, la albada.

Y enseguida el rumor de los senderos,

de losas y de acémilas. El día.

Ya nada es como antes. Permanece

la desolada curva ya en su centro.

Ya todo en su apariencia.

¿De verdad han cesado los signos con el alba?

¿De qué nos vale entonces mirar hacia lo alto?

¿Acaso es mi mirada una pregunta?

La intensa luz solar del mediodía

no oculta la aridez de tanta sombra.

Detrás de su fulgor está la noche.


VIII

 

LUEGO de abandonar en la orilla olvidada

el oro de los muros de la ciudad que amo

la única mirada a que me debo

vuelvo sobre este valle mi silencio

para perdido hallarme entre sus sombras

y ser para perderme fugitivo

en la hondura brumosa de sus bosques

de luces mortecinas.

Vuelvo sobre este valle la mirada

acaso para ver en lo recóndito

la dulce cercanía que me vive

y ya no reconozco.

Para ver los bancales bordeados de viñas,

las riberas de alisos,

los alcores de robles,

el venenoso vaho del jazmín, la violencia

que sólo adivinara sostenida

al levantar los ojos y alcanzar

las hogueras de marzo en los ribazos.

Para ver me bastara mirar cuanto sucede

sobre la superficie de las cosas

sin demandar la oscura certidumbre

que ocultan tras su brillo

y apenas en su orden nos revelan

del miedo y la belleza.

Donde sonaba el agua luce ciega

la luz ilesa entre la espuma leve

y sé que en su fulgor anida el ansia

de más y más desierta transparencia.

                                                

                                                (de LAS AGUAS DETENIDAS)


ENCLAVE

 

COMO quien nada espera,

sentado frente al muro que levanta

dos árboles meciéndose,

mirando en la distancia

la sombra desvaída de la ausencia,

la torpe maquinaria de las horas.

Como quien ve pasar delante sin moverse

la película gris de los recuerdos

y en nada ya repara o desespera,

sin que se note apenas, olvidándose.

Así, desde la noche, en el origen,

en el turbio presente casi exacto

de una vida pasada inútilmente,

ese ser que yo he sido sin conciencia

siquiera de saberlo, la figura

que ahora me contempla la inocente

apariencia de su rostroparece interrogar

ante el espejo

una razón que valga la respuesta

de estar frente a este tiempo

aquí esperando.  


CEMENTERIO ALEMÁN, YUSTE 

 

      

 

TIENE la muerte una medida exacta.

En línea, los túmulos recuerdan

los nombres y las fechas de los héroes.

La edad ignora cuándo

podría haber llegado el dulce fruto

final de la derrota.

Nada preserva, en cambio, la memoria

de aquellos que cayeron en combate.

Sus rostros son anónimos. Sus vidas,

hermosas y lejanas como el sueño

que habita las ciudades que dejaron.

 

Nos trae a este lugar una costumbre

de ausencia y de sosiego.

Hacia el sur, bajo el muro,

duermen viñas caídas

y a la sombra sin sombra de los viejos olivos

el silencio es solemne.

Con las últimas luces, la mirada se pierde,

luminosa de eterno.


MISTERIO DE LA LUZ

 

PARA la luz regreso.

He dejado mi casa, y la serenidad.

Sólo ansío su fuego itinerante,

la curva minuciosa

que alumbra el pensamiento.

 Mi vida es un viaje hacia su espíritu.

Fue en Grecia.

La luz era la misma que ahora asola

la fronda de castaños.

Supe entonces amarla. He comprendido

que todas las palabras la contienen.

El olor y el sonido que nos envuelve buscan

ser en ella. Vivimos

como luces y sombras que a un tiempo se erigen.

Llegué hasta aquí aceptando

su abierta primacía.

Cuando la edad se cumpla,

la aurora anunciará

el sol que me derribe.

                                        (de UNA OCULTA RAZÓN)


LEYÉNDOME A MÍ MISMO

this open book...

ROBERT LOWELL, Reading Myself.

 

SOY un hombre que habla,

hace una pausa, escucha,

y después sigue hablando

sin otra pretensión que ese relato

menor y fragmentario

que ofrece a quien espera

unas u otras palabras

e inclusive el silencio;

ese silencio, acaso,

capaz sólo en sí mismo

de encerrar como un cofre

una opaca elocuencia,

de dotar de sentido

el negror de un presagio.

 

Como si me leyera, atiendo al eco

que produce mi voz (cuando conversa)

y apagada asimila su presencia en el otro

y con ello hace suya la amistad del encuentro.

 

Poco a poco sustrae un atisbo de luz

de los ojos que enfrente se interrogan mirando.

Nada sé de la sombra

que hacia dentro se alarga

proyectando la imagen del extraño que busco,

pero intento adoptar una escasa distancia

y que un mínimo azar haga al cabo posible

que yo sea ese otro.


POEMA DE AMOR

 

DE verdad es ahora

cuando te reconozco.

Sólo a través del sueño

tus contornos son nítidos,

oigo clara tu voz,

recupero tus gestos

y tu lenta presencia

como el lento mecerse

de las aspas que giran

sobre nuestras cabezas.

Con la misma demora

con que tomas un baño

al final de la tarde.

 

Te conozco en la oscura razón

que sucede a la noche,

en la frágil frontera

de la luz, cuando el tiempo

es más real que nunca

o eso, acaso, parece.

 

A tu lado, aunque lejos,

tan en ti como ausente,

reconstruyo velado

tu otro rostro invisible,

el que en la edad dé forma

a la que en sueños eres.

                                

                                    (de A DEBIDA DISTANCIA)


EL ESTANQUE

 

COMO una iniciación,

junto a las piedras

impregnadas de luz y de memoria,

a la hora vacía de las vísperas,

ante un altivo sol que aún señorea,

el agua del aljibe, verde y negra.

Estoy solo. Me baño. Los recuerdos

recobran entidad. Sugieren hechos

que diera por perdidos. El olor

da el sentido, un seco aroma

de hierbas agostadas,

frutos podridos, zarzas.

 

Allí, la humedad, las toallas.

El sonido callado del agua golpeando

los muros del verano.


METÁFORA

 

                    (A la manera de Dick Davis)

 

BAJO el puente, la luz

tiene un tono dorado

y las aguas parecen

confundidas en ella.

 

Brillan peces al fondo,

sobre rocas sombrías.

En su lento moverse

la mirada se aquieta.

 

Desde dónde ese sol

que atraviesa la fronda

fosca y fresca de alisos

se proyecta y aun cuánto

 

durará ante los ojos

el supuesto espejismo,

son preguntas en vano

que a razones no atienden.


V

(Del poema "Composición de lugar")

 

HA sido una costumbre ver la vida

desde este mirador, lejos de todo.

Por toda compañía este paraje

que presta en lo mudable

solaz al pensamiento.

                                         He comprendido

qué poco necesita quien renuncia

a cuanto, subrepticio, se interpone

entre su ser y el mundo.

                                            Cómo cabe

dejar de lado aquello

que sólo sirve estólido

al dios de lo tangible.

Así, rendirse

ante el árbol zaherido que cobija

la sombra de los siglos.

Así, ante la garganta que conmina

a ver por siempre el agua como espejo

de aquello que no acaba, aunque sí cese.

 

                                        (de ENSAYANDO CÍRCULOS)


LUGAR DE LA MEMORIA

 

LA sombra de azahar de los naranjos

en el patio central, renacentista.

 

Las losas desgastadas donde el tiempo

da cuenta de sus pasos sucesivos.

 

El arco, como umbral, sobre la puerta

que encierra un interior deshabitado.

 

La misma luz que ilesa retrocede

ante la cal cegante de los muros.

 

Las tejas coronando las paredes

de un concluso lugar esclarecido.

 

El tiesto que florece y al hacerlo

retiene otro perfume del verano.

 

La verja de un jardín donde la yedra

se embosca entre la herrumbre verdecida.

 

La parra en el rincón para que baste

 la inmensa suficiencia de lo ínfimo.


MECÁNICA TERRESTRE

 

LO mismo que una imagen

recuerda a alguna análoga

y una sombra a la fresca

humedad de otra estancia

y un olor a una escena

cercana por remota

y esta ciudad a aquélla

habitable y distante,

así, cuando la tarde

se hace eterna y es julio

todo expresa una múltiple,

inasible presencia,

y el agua es más que el filtro

de lo que fluye y pasa

y la luz más que el velo

que ilumina las cosas

y el viento más que el nombre

de una oscura noticia.


UNA CASA DE CAMPO

 

ALGUIEN que no conozco,

alguien, diría,

que en realidad no existe,

se llegará hasta aquí

en una tarde idéntica de julio

tras haber recorrido

la asequible distancia que separa

la callada ciudad de este paraje.

Se desviará después por el mismo camino

y abrirá, como yo, la misma verja.

Bajará muy despacio el tortuoso

sendero que flanquean

bancales de cerezos.

Cruzará el puente.

Escuchará el sonido de las aguas

que corren río abajo confundido

con el fresco batir de la aliseda.

Se sentará un momento bajo el porche

a respirar la sombra del verano.

Tras el umbral, el arco de las rosas

y, más allá, la mesa construida

con la gastada piedra de molino

que un día levantamos con poleas

hasta la posición que la sostiene.

Sobre ella, y sobre el suelo

de lajas de pizarra, la parra donde cuelgan

verdes y ácidos

racimos abundantes en agosto.

La casa, en su penumbra,

ocupará sin duda el mismo sitio

que hace siglos sus dueños eligieron.

Si siguiera subiendo, y si luego dejara

a la derecha algunos huertos,

llegaría al estanque. Estará, como hoy,

el agua quieta, reflejada

en el ocre de los muros

y en el verde brillante de las ramas

de la viña y los árboles frutales

que entera y por completo la rodean.

Podrá anegarse crédulo

en sus aguas oscuras;

contraerse aterido

en las frías corrientes

que disfraza su fondo.

Ya en lo alto, en el extremo norte

de la finca, junto a higueras fecundas

y carrascas y robles y retamas y zarzas,

podrá admirar, casi a vista de pájaro,

una imagen completa del lugar.

No sé qué sentirá cuando contemple,

a solas y en silencio, cuanto ve,

pero acaso coincida con lo mismo

que ya he sentido yo o quienes antes

pasaron por aquí.

Un sentimiento semejante

a lo que un monje podría llamar Dios;

los pintores, color; un arquitecto, luz;

el escultor, vacío; un filósofo, el ser

y un poeta, tal vez,

la verdad, la belleza.


PALABRAS PRIVADAS

 

CUANDO parece

que nada ha de morir

y has poseído y has sido poseído

y fue un feliz momento pasajero

el fuerte y la frontera

y no hubo parte

que no fuera del otro ni mirada

capaz de mantenerse sometida

y la respiración era una suma

de falta y de abundancia

y nuestros cuerpos

furtivos y accesibles

e indistintos

y nuestra voz

tu voz y la mía ese eco

que ha partido de ti

dando alcance al deseo

y sentimos o siento

que pudiera cesar

porque acaso la vida

se ha cumplido en el gesto,

en tu espalda la luz dice adiós

y me urge

a buscar la verdad

emboscada que ha vuelto

para hacerme saber

que tan sólo fue un sueño.

 

 

MAÑANA DE DOMINGO

 

QUÉ poco necesito

hoy para ser feliz.

 

El sol alto, el silencio

(que se impone rotundo

sobre ruidos domésticos

y otros más naturales:

de aves, niños o perros),

la incipiente estación

predispuesta en los brotes

de los árboles,

                            tú,

que al mirarte sonríes

cuando, sin previo aviso,

te descubro sentada,

sola, al borde de mí.


CIUDAD DE CENIZA

 

UNA ciudad es todas las ciudades.

 

Cruzas el mismo andén, las avenidas

iguales y lejanas, tan inhóspitas

como esos edificios que proyectan

su luz vítrea y opaca en el asfalto.

 

Una ciudad es sólo un sentimiento

de euforia o de catástrofe, un círculo

que es suma de otros círculos

igual de fantasmales.

 

Es un azar, una ciudad; un tramo

entre dos direcciones de ida y vuelta,

y un idéntico fin y un mismo origen.

 

Con la mirada hundida, el paso rápido,

recorres sin cesar las mismas calles

que desoladas cercan tu destino.

                                            

                                            (de MECÁNICA TERRESTRE)

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