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JOSÉ MARÍA CUMBREÑO

Una voz sin concesiones

Por Serafín Portillo

José María Cumbreño se ha confirmado no hace muchos meses como una de las voces más firmes del actual panorama poético. Si ya su anterior libro, Las ciudades de la llanura, constataba la presencia de un joven talento creador, el poemario que le ha valido el último premio Ciudad de Badajoz, Árbol sin sombra, muestra la madurez y singularidad que desde aquella primera etapa ha ido adquiriendo su autor. Ello es logro de lo más esencial y difícil, el hallazgo de una voz propia, donde el verso respire a nuestro compás, y que éste sea de tal condición que sin perder su genuino matiz alcance universalmente al lector.

En Las ciudades de la llanura la evocación del tiempo mítico, la imaginería levítica y la desolación de un mundo moralmente acabado, la clausura de unos espacios simbólicamente señalados por la culpa y el exceso se expresaba a través de una lengua fluida, de medio y bajo tono, donde desde la sintaxis hasta el registro inclinaban esa fantasmagoría bíblica del lado de nuestra intimidad habitual, del morboso escamoteo de los pecados familiares. Y aunque esta difícil simbiosis entre mundo mítico y vivencia cotidiana alcanzó allí un tono sin duda logrado y eficaz, el autor, mostrando así su condición de verdadero creador, no se ha conformado con persistir en los aciertos, instalándose, como tantos otros, en la comodidad de unas técnicas y rudimentos dominados y seguros, sino que ha afrontado una radical renovación de estilo, sin por ello contravenir la continuidad de muchos aspectos de su obra, como no podía ser de otro modo. No hay ruptura, sino riesgo. Deseo de mostrar ese mismo mundo de Las ciudades a partir de otro ángulo, más radical y severo, más duro en sus aristas, sin duda, más arriscado en su apuesta. Y es este doble valor, el de la voluntad de renovación y el de la falta de concesiones de este nuevo estilo lo que más agradecerá el lector exigente.

La forma que la palabra adopta en Árbol sin sombra es la de un decir siempre en el extremo de su tensión máxima. La férrea esticomitia que encadena el sucederse de las imágenes a la dura ley prosódica del verso, la sucesión sincopada de éstas en una suerte de aluvión de ritmo duro y seco, como música para madera, que hace de cada momento del poema una mónada de intensidad climática y un elemento escindido constantemente entre la tensión de su propia unidad interna y su necesaria interrelación sintáctica con el contexto, todo eso en fin que el lector percibirá, para bien o para mal, nada más asomarse a este libro singular, hacen de la apuesta de José María Cumbreño uno de los ejercicios poéticos más extraordinarios del actual panorama lírico de la producción española.

Parece natural que la juventud y el atrevimiento vayan del brazo, pero que al coraje le siga la maestría ya es más raro. Esa es la dificultad que sin duda y con brillante acierto, al fin reconocido en este premio Ciudad de Badajoz, ha sabido vencer y aun superar con creces quien bien podemos, en correcta jerga taurina, decir que confirma aquí la alternativa que tomó en su primer libro. No dejemos de añadir la buena impresión que nos causa esa incursión, ¿primeriza?, en el relato hiperbreve, tan en auge hoy día, y tan pariente cercano del poema.

Ante nosotros tenemos, por decirlo parafraseando a Quevedo, pocos pero excelentes versos juntos: buen provecho, querido lector.

 

 

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