Arriba POEMAS ENTREVISTA

JAVIER PÉREZ WALIAS presentado por Serafín Portillo

 

LA CARACOLA VACÍA EN LA CLARIDAD DEL BOSQUE

 

 

Llegar a conocer la obra de Pérez Walias es adentrarse en la espesura verbal de una palabra que busca y elabora su discurso hasta dejarlo en el mutuo lugar del esplendor y la desolación, donde carencia y plenitud son parte del mismo misterio y crecen o menguan empujadas por idéntica fuerza. Pero lo que hace singular esta visión es que Pérez Walias entiende que tal estado no es sino promesa, la que se cumple en el amor en cuanto consumación de la belleza del mundo. Mas lo prometido, como su étimo indica, se arroja hacia adelante y nunca, en tanto que promesa, lo alcanzaremos del todo. Si leemos con atención la primera imagen con que se abre este cuadernillo –y también la obra entera de Walias–, tendremos un indicio de lo que vendría después. No me refiero al contenido lírico de la imagen, sino a su estructura semántica, a su determinación de sentido. He aquí bajo las aguas el beso prometido en las arenas del bosque. El hombre, en su naturaleza caída es un constante regresar a la unidad primera: perdida, añorada. Beso como conciliación, amor como vivencia de la plenitud, de la belleza. Letras mayores para estos tiempos de minúsculas, de horizonte chato. ¿Quién se atreve hoy con palabras como Belleza, Amor, Verdad? Mayúsculas desahuciadas por la deconstrucción postmoderna. Pérez Walias no renuncia a esa tradición, se afirma en ella. Pero el deslumbramiento es un relámpago, y pasa. Así el poema es testimonio y, hasta donde su naturaleza ficticia lo permite, perpetuación. Y de ahí su condición paradójica. En el poema Silencio compartido, tenemos ya esa única dirección pero de doble sentido: lo que asciende, la noche, y lo que desciende, el agua. ¿Oscuridad y transparencia?

Si en Ceremonias del barro es la voz de Walias ya personalísima y decisiva para lo venidero, a partir de ahí su poesía va a atravesar una serie de transformaciones de estilo en las que descubrimos al poeta joven que, consciente de que esto va en serio, quiere aprenderlo –y aprehenderlo– bien. Poeta de verdad no es otro sino aquel que se hace consciente de que la poesía no es efusión sentimental o conmoción de espíritu, sino materia verbal en que todo ello se plasma. Muchos de los caminos emprendidos desde Impresiones y vértigos de invierno, su segundo poemario (XVII Premio de Poesía Ciudad de Vélez-Málaga), son en parte maniera generacional y en parte el intento –unas veces más conseguido que otras– de hallar el rumbo de algo propio. A este respecto hoy vemos acaso un tanto ajenas a lo que ha terminado por ser su estilo algunas de las características más de época de esta poesía. No es ni mucho menos un demérito, sino la confirmación de una pertenencia, la de haber contribuido al momento histórico en que la poesía en Extremadura llegó a alcanzar, con el grupo poético de los ochenta, un rango de maduración y calidad como no se habían conocido antes por estos pagos.

A este lado oscuro del cauce es ya otro cantar, quizá no mejor ni mayor, pero sí otro, y eso ya es mucho: el que engendra así el canto mismo en esta turbia demora de la luz. ¿Demora de la luz?, he ahí la condición de quien espera un alba. ¡La transparencia! No forzaré el recuerdo de Juan Ramón, pues el poeta mismo lo reconoce como maestro. Así, en Cristalino: La transparencia, oh,/la transparencia. Aquí esa afinidad generacional, aquel aire de familia del que hablaba, ya no está. El cambio es radical. La búsqueda se ha incrementado. El poema se alarga, el discurso indaga formas de decir en las que esa promesa se exprese con plenitud. Y a zaga de tal huella, del beso prometido bajo las arenas del bosque va precisamente la averiguación poética, que es ahora un oscuro y misterioso espacio de fronda y soledad. El bosque, el locus poético más propio de la imaginería romántica, en su mejor acepción: misterio, naturaleza y hombre, un ámbito donde la plenitud muestra su envés oscuro: se oculta y nos reclama, y si se deja ver no es más que en un relámpago que ilumina el poema con su expresión de belleza, y se torna enseguida espesura que se ofrece,/ más allá de los adverbios,/ de tiempos y lugares.

La frondosa especulación literaria de A este lado fue el exhaustivo desbrozo de las posibilidades estilísticas que a nuestro autor le cabían. Y, como es habitual, quien siembra, recoge. Porque Cazador de lunas no es solamente el mejor libro de Pérez Walias, sino el fruto logrado de una indagación poética que alcanza aquí su madurez más depurada y limpia, desprendiéndose de todo lo superfluo. Y ahora ya sí, ahora la plenitud es la belleza en ausencia de lo demás, porque ahí, en el espacio vacío sobre cuyo vórtice gira el poema, no se ve ya la búsqueda de un contenido, de una totalidad, como boscaje, como ampulosidad verbal, sino, al contrario, el vaciamiento del decir en su alcanzarse en cuanto expresión de un imposible objeto, por transparente, por invisible: De pronto se abre la ausencia/ y llega/ como nos llega el temblor. Y precisamente por ello, el lugar de la plenitud es a la vez, y no incoherentemente, centro vacío, silencio y muerte: y llega el silencio/ como nos llega el temblor/ ante la muerte. Hay en este libro un regreso a ciertos rasgos de Ceremonias del barro en la sencillez, la precisión y la elemental belleza de sus imágenes. Sin embargo son ahora el resultado del conocimiento técnico de un autor al que, desde luego en este libro, la inspiración lo cogió trabajando. Dicho sea en beneficio de lo auténtico, de la más limpia de las miradas.

En el vacío de la caracola resuena la inmensidad, la oscura, transparente inmensidad. Y así el bosque, al final, al final de este libro espléndido y delicado, es el vacío, no la espesura. Déjame aquí, sereno, en descanso,/ oyendo la caracola vacía/ que me dejó tu silencio/ y la claridad del bosque.

Por generosidad nunca suficientemente agradecida a su autor, ofrecemos unos fragmentos inéditos de Versos para Olimpia. Es lástima no haber podido editar el poema entero, pues difícilmente se tendrá una noción justa de este texto a partir de la muestra salteada que aquí publicamos. Se trata de un solo poema, largo y segmentado, forjado en la elipsis y la intensidad verbal. Pero al menos dará idea de la más reciente labor de nuestro poeta.

Hasta aquí lo poco a que alcanzamos cuando de interpretación poética se trata. Quede el lector ante la obra, entiéndase con ella, congenie o descrea. Si estaba para él este discurso –pues un texto es también un modo de destino: nos está o no dirigido– será porque aún, como para Walias, las palabras mayúsculas le resulten vigentes y le sigan siendo necesarias, y lo sean en su desolación y su deslumbramiento, y hallará entonces cobijo y tierra; y el aspirar del verbo y el inspirar del bosque, canto y origen, orto y trino, donde la plenitud, donde la claridad resuena en el vacío interior como resuena la inmensidad en el silencio de las caracolas.

 

Serafín Portillo.

 

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