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ÁLVARO VALVERDE presentado por Serafín Portillo

MEMORIA DEL AZAR:

 

A la hora desierta y fugaz del mediodía, cuando el azar devuelve el pasado y sus sombras, comienza la poesía de Álvaro Valverde, si se me permite decirlo con sus propios versos. Esos mismos que abren Las aguas detenidas (1989) el que podemos considerar primer libro de poemas con voz propia, tras los obligados tanteos de Territorio. Sorprende, sin embargo, cómo desde muy temprano un autor puede alcanzar la madurez poética. Desde este libro la voz de Álvaro Valverde se identifica a sí misma, adquiere lo que solemos denominar estilo propio: el mundo de imágenes, valores y enigmas que cimientan toda su creación está ya previsto, deslindado y en disposición de orientarse hacia una perspectiva singular, imagen y fundamento del propio ser. Porque es en el espacio del ser, en su soledad contemplativa, desierta y fugaz, donde se despliega el decir poético de Valverde. Mundo suspendido en la temporalidad de las cosas, que apenas la memoria es capaz de preservar. Es sobre este concepto, el de la memoria, sobre el que se sustenta el arco de símbolos y resonancias de su poesía. Como es conocido, el texto poético recodifica la lengua que usa. En Valverde, la memoria no es ese permanente contenido repleto de recuerdos que –a menudo creemos– es el fundamento de nuestro yo psíquico. Muy al contrario, la memoria es un acto, no un contenido. Y lo es invocada por el azar. Ni preceptiva ni sujeta a la voluntad, es el casual encuentro de lo pasado en lo presente, o, por decirlo con un juego de palabras, del representarse del pasado. Memoria del azar. La imagen que regresa del antes para iluminarse como un ahora y se nos revela. Mas solo como misterio o como centro vacío (¿será la deconstrucción una forma moderna de la mística?). Ese arco por donde pasa la luz y nadie acierta en la adivinación. La palabra alumbra este misterio pero solo para mostrarlo en su negación esencial, para desvelarlo en cuanto ocultamiento. Las cosas vuelven en sus representaciones y ese repentino acto de volver es la memoria, más que su imagen misma. Así la palabra es la imagen, el poema, en cuya naturaleza verbal ha podido el hombre intentar el rastro de ese rememorar que es su conciencia del tiempo, su conciencia en el tiempo. ¿Y qué dice esa palabra, qué desvela la palabra? Una oculta razón (1991), título capital en su trayectoria poética, podría ser una buena forma de responder a la pregunta. El poema que da nombre al conjunto nos muestra otro de los ámbitos privilegiados de esta poesía, la casa: el espacio de lo más cercano y familiar visto como sucesión de espejos, como laberinto de tiempos, donde unas estancias conducen a otras, iguales y distintas a las de otros días, en cuya ensoñación el poeta no halla respuesta alguna. Porque no hay conocimiento en el misterio, que es en sí lo desconocido por esencia, pero sí reconocimiento, sí representación y sentido. Esos espejismos están también en Autorretrato, por ejemplo, otro de los poemas del libro, donde sujeto y naturaleza, rostro y bosque, se desdoblan en una misma identidad suspendida en la atmósfera onírica que envuelve el sentido del origen.

En el tercero de sus títulos, A debida distancia, la contemplación que en Las aguas detenidas se daba en un mundo emboscado entre paisajes solemnes y misteriosos, cobra nuevo tino y el verbo se vuelve hacia el sujeto, porque la debida distancia es la del propio ojo respecto de sí. El poeta es ese hombre que habla, calla, sigue hablando... determinado tanto por la voz como por el silencio, ese silencio, acaso,/ capaz sólo en sí mismo/ de encerrar como un cofre/ una opaca elocuencia/ de dotar de sentido/ el negror de un presagio.

La poesía de Valverde es el esfuerzo del lenguaje por reconocer en el presente la revelación del pasado como su contenido más propio. La memoria no solo nos permite recordar el mundo sino, más trascendentalmente, reconocerlo. Y así resulta ser el reconocimiento del mundo el verdadero conocimiento. Anánnesis lírica, no idealista, no se trata de imágenes o reflejos de otro ámbito, como en la hipótesis platónica, sino de la constitución misma de éste. En cada imagen que se nos muestra hay un representarse que es el pasado, y que da sentido a esa imagen. El poema quiere, a través de este bucle hermenéutico, alcanzar el sentido. Así el canto, como expresión máxima de dicho sentido, se asume como único capaz de ese límite mayor que es el silencio, el espacio del ser, el centro vacío. Tampoco se debe confundir este rememorar con la nostalgia o cualesquiera de las acepciones tardorrománticas que este ejercicio pudiera sugerir, ya hemos dicho que la memoria aquí es un acto, una naturaleza dinámica, vital, no un saco de recuerdos moribundos. Recuerdos de Plasencia a ese respecto es antonomasia de lo dicho: Habito una ciudad de la memoria.

A partir de estos tres títulos, la poesía de Álvaro Valverde va a experimentar una leve transformación, una de esas escoras estilísticas que, sin levantar ruido, van transformando el sentido general de una obra. Me refiero a la cada vez más atenuada retórica elegíaca de sus poemas. En efecto, en los títulos arriba mencionados ese era el registro más frecuente. El gusto por el arte mayor, la inclinación hacia el endecasílabo y el alejandrino (con su morosa solemnidad rítmica), que era casi exclusiva de libros como Las aguas detenidas, y aun muy frecuente en los otros dos, se va a ir decidiendo por un poema de metro más breve, de dicción más ligera, donde el tempo aparece aliviado de solemnidad, y el adagio se transforma en ligero andante. Depuración de la prosodia y el léxico, pues la propia lengua poética se despoja de cualquier afectación o tentación de artificio. Y eso, hablando de un poeta que desde el principio, como ya señalé, es sumamente consciente de su arte y ha decidido no convertirlo en un juego de ingeniosidades o destellos retóricos, en un vate que prima siempre la profundidad de lo sencillo sobre el deslumbramiento de las superficies. Pero aun con todo, desde Ensayando Círculos, quien lea con atención observará que esa sencillez se acrecienta en lo que hace a los recursos retóricos, y eso tanto en cuanto a la composición de la imaginería como al uso de efectos de nivel fónico tal que la aliteración o la disposición de simetrías acentuales, por mencionar un par de rasgos no poco frecuentes en libros anteriores. En general, el registro elegíaco de sus poemas deriva hacia una voz cercana a lo conversacional, a ese ritmo más elástico y variable, a esa prosodia menos eufónica que es propia del decir cotidiano. Esta reducción impulsa igualmente a una mayor concreción de los detalles y datos del poema. Desde los textos de Las aguas detenidas, de considerable nivel de abstracción, hasta estos poemas de Ensayando círculos la poesía de Valverde ha preferido una cada vez más decidida identificación de los asuntos tratados. Y con todo, esta depuración del lenguaje no es un mero ejercicio de estilo o un capricho provocado por la necesidad de evolucionar que toda obra de creación mantiene por el hecho de serlo. Ni siquiera es la simple decisión de un poeta experimentado que se sitúa así ante la tradición y renueva las bases de su estética. Es algo mucho más profundo lo que creo detectar en esta evolución de las formas valverdianas, un cambio inducido por la presión del magma semántico desde el que funde y cristaliza su palabra. Me refiero a un cambio en la cosmovisión, a partir de este título. Porque en Ensayando círculos el poeta no sólo no encuentra respuestas a la pregunta del origen, no sólo reconoce la veladura de silencio que el universo impone a la voz en su demanda de sentido, además hay una asunción del vacío que en muchos poemas se parece bastante a la simple aceptación del sinsentido. Algo que en los anteriores libros no veo sino muy esporádica y circunstancialmente, porque, eso sí, en Valverde, como dije, temas y usos están en lo fundamental maduros desde el principio, y en cualquier evolución que observemos, como es el caso, apreciaremos también la coexistencia de elementos anteriores pues en su obra no existe nada que podamos señalar como ruptura. Ahora bien, mientras en la mayor parte de los textos anteriores primaba la conciencia de que aquella anámnesis lírica si no una respuesta constituía un acto de sentido, de reconocimiento, ahora tal donación del signo aparece muy atenuada, cuando no decididamente nula. No se fía ya tanto a las posibilidades del discurso. Por volver sobre uno de sus temas preferidos, en el poema Ciudad de la memoria los últimos versos son esclarecedores: El vacío es aquí esa luz plena/ que a nuestros pies desvela/ otro vacío. Yo diría, por aclarar un poco más todo esto, que se percibe ahora una inquietud interior distinta, un desasosiego con matices de frustración, que en anteriores títulos, sin embargo, era anhelo y pasión del mundo. Estamos aquí ante el mismo poeta, pero que en cuanto hombre está nel mezzo del cammin. Tras siete años de silencio –si exceptuamos El reino oscuro (1999), poema autónomo que se enmarca dentro del ciclo compositivo de Ensayando, como su propio autor nos aclara–, Álvaro Valverde da a la imprenta un libro que contiene alguno de los mejores poemas de esa imaginaria antología que un lector elige a la hora de la relectura. Quiero destacar brevemente el que da título al libro, cuya eficacia hipnótica, con su ritmo de mantra invocando los espejismo del tiempo y la identidad, su insinuación abierta al sentido, pero cerrada en la circularidad de la estructura, todo ello, en fin, lo convierte en un texto de perfecta factura, en uno de esos textos donde la sensación de perfección es tan nítida y cerrada que uno no duda, por más que lo revise con toda la distancia y frialdad crítica que quiera, de que cumple a la perfección ese ideal de la poesía según el cual cada palabra ha de ser imprescindible, cada mínimo detalle del texto, necesario. Del mismo modo, excelente es toda la serie de poemas contenidos en la sección del mismo nombre: memorables por su sencillez y el tono de cercanía, de confidencia son El verano invencible, Aceña, Una casa de campo, El paseo. Especial relieve poseen, por lo infrecuente del asunto en su obra, los textos de la sección amorosa, Palabras privadas. Sin embargo aparecen en este libro una serie de poemas que nos sorprenden por lo voluntariamente distinto del patrón estructural respecto no ya del conjunto sino, yo diría, de la poética valverdiana en su totalidad. Porque además suponen una suerte de vuelco radical a ésta. Me refiero a Un lugar del sueño, como ejemplo central, si se me permite, de esta intrusión de estilo, junto a otros como Homenaje a Plossu. Hay en estos poemas, sin duda, un deseo explícito de sorprender al lector, pero precisamente al lector habitual, al que conoce la obra anterior del poeta, y, de paso, al crítico, sin duda. Hay también, y creo que esto no es menos evidente, más un deseo de recrear ciertos estilos, que de buscar uno nuevo. A qué responda todo ello, es difícil de saber, al menos mientras no nos llegue un nuevo título que resuelva lo que parece ser una encrucijada en el camino de la obra de Valverde. Digo encrucijada porque los poemas mencionados no se contienen en una sola sección final, por ejemplo, que pudiera hacer pensar en una evolución (en este caso, por lo radical del asunto, habría que hablar de cambio de etapa), más bien parecen estar ahí replicándose unos a otros, creando una extraña, y desasosegante, tensión estética, y un cierto desafío, me parece, al lector mismo. Todo texto, según nos enseñó Gadamer, es una pregunta abierta a la interpretación, cuál sea la que necesitan estas radicales rupturas de Mecánica no lo sabemos. Sin duda, la aparición del siguiente título de nuestro autor tendrá mucho que decir al respecto. Por ahora nos quedamos con la pregunta en suspenso, pero con el mismo nivel de satisfacción. Porque la indiscutible calidad de estos poemas es garantía que justifica nuestro deseo de seguir leyendo a uno de los mejores poetas españoles de este cambio de siglo. Encomiendo al lector ahora esa tarea, que no será en vano, y a las pruebas me remito.

 

 

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