ARTURO
por YIPS


 

Se estaba volviendo loko, kompletamente loko. Era un joven de unos 20 años, ojos oskuros, pelo negro y una eterna expresión de tristeza en el rostro. Negras ojeras se dibujaban bajo sus párpados, síntoma, bien de ke no dormía todo lo ke debiera o bien de ke se fumaba algún ke otro porro, seguramente, una mezkla entre ambas.

En realidad, a simple vista, este joven, Arturo, no se diferenciaba demasiado de kualkier otro ke paseara por la kalle. Kizá un poko más triste, kizá un poko más solitario, pero en konjunto igual.

Nadie, a su alrededor, sospechaba ke, bajo esa apariencia de normalidad, se eskondía una mente enferma y torturada, un alma desgarrada por el dolor y una realidad ke kada vez se iba haciendo más y más confusa.

Arturo estaba enamorado. Estaba total y kompletamente enamorado, kon un amor puro, prístino, e inkebrantable.

Kada día kuando se levantaba, la imagen de una esbelta chika morena de profundos ojos negros, se dibujaba en su mente. Allí permanecía durante el resto del día, siempre kon él, y él siempre solo. Durante kada segundo del día, su mente le torturaba kon imágenes y rekuerdos de Isara, su úniko amor.

Arturo, inkulso había llegado a formarse la fantasía de ke Isara y él se habían konocido en otra vida, en la kual habían sido amantes (o inkluso marido y mujer). Pero seguramente, en esa otra vida las kosas habían ido mal entre ellos y se habían akabado separando. Ella había konocido a otro hombre, y después de ese a otro y a otro, y así durante innumerables reenkarnaciones hasta la vida aktual. Pero él la había buskado, durante todas sus inkontables vidas, ya ke siempre había estado enamorado de ella. Mas nunka la había vuelto a enkontrar. Nunka más había estado kon ella y siempre la habia amado, durante todas y kada una de sus vidas. La había amado y la había buskado, vanamente.

Y ahora la había enkontrado, ahora ke la linea entre la fantasia y la realidad se desdibujaba en su mente y ya no sabia si era Louis D’Utreau o Elric McArt. No sabía si vivia en el siglo XX o XII.

Arturo, ahora era Arturo y mil personas más.

 

Estaba kompletamente enamorado de la chika morena de profundos ojos llamada Isara y Morgana, Nelveth y Surïé. Estaba enamorado kon un amor más poderoso ke el mismo tiempo, un amor ke lo torturaba y lo desgarraba, ke lo konsumía y lo devoraba. Y estaba solo, muy solo. Siglos enteros de soledad, miles de vidas solitarias, kargaban a sus espaldas. Miles de vidas ke lo volvian loko.

Ahora no sabía en ke siglo vivía ni en ke ciudad habitaba. Ni tan sikiera sabia ya si su nombre era realmente Arturo. Mas había algo ke sí ke sabía, kon total y absoluta seguridad: ke amaba a Isara, ke durante eones enteros su amor le había ido konsumiendo poko a poko, ke la únika kapaz de liberarle de esta tortura era ella y ke esta era su únika oportunidad de konseguirlo hasta kien sabía kuantos millones de eones más.

Pero por alguna absurda razón, Isara no kería (o quiza no se daba kuenta), rekonocer kien era él y el amor ke sentía hacia ella. Había intentado ser su amigo, volver a konocerla poko a poko y hacer ke ella lo konociera a él... Había sido imposible. Ella ya estaba enamorada, tenía novio y kizá ya habían pensado en vivir juntos. Realmente se los veia felices... Mas a Arturo eso no le importaba, ya ke ella no le konocía, y no podía saber lo realmente importante ke era su amor, ke había perdurado durante siglos enteros. Si lo supiera, Arturo estaba seguro, Isara dejaría a su mundano novio y abriría los brazos ante un amor milenario... Pero ahora ya no pensaba así, eso había sido al principio, antes de konocer la kruda realidad: Isara lo repudiaba.

Kuando Arturo entraba en una habitación en la ke ya estuviera Isara, esta se giraba y le miraba. Era komo si tuviera un sexto sentido ke le advirtiera de la presencia de Arturo, y, por la mirada kargada odio y repulsión ke le lanzaba, seguramente también le advertia ke se mantuviera alejado de él.

A los cinko minutos de entrar él Isara se marchaba, invariablemente, y él nunka tenía oportunidad de hablar kon ella. En tres okasiones la había asaltado mientras esta intentaba marcharse y había tratado establecer una konversación. Las kosas habían ido de mal en peor. La primera vez le había kontestado kon un "Lo siento, pero es ke tengo mucha prisa, me espera mi novio ¿sabes? Y ya voy kon mucho retraso" Kuando él le preguntó si la llevaba en koche ella respondió: "No, muchas gracias, pero tengo mi moto aparkada en la eskina. Gracias. Adiós." Así de simple y así de tajante. La segunda vez ya fue peor. La voz de Isara no tenía el tono amable de la primera vez, sino ke era frío komo el hielo, y sus respuestas, fueron afiladas komo la hoja de una negra guadaña. Aunke klaro, no tanto komo la tercera y ultima vez ke lo intentó. Esta vez las palabras akoso y policía salieron de sus labios, le amenazó y le dijo ke la dejara en paz, ke tenía novio y estaba muy enamorada. Sus ojos, también, le dijeron a Arturo ke lo repudiaba y lo odiaba, kon una aversión (y también, un temor) más antiguo ke el tiempo mismo. No eran un odio o un temor racionales, ke se pudieran expresar en palabras, era más bien una kosa oskura y antigua, ke no entendía ni sikiera Isara, pero ke estaba allí, por debajo de ella, en su subkonsciente.

Por lo tanto, no había forma, o, al menos, a él no se le okurria ninguna, y, mientras tanto, el dolor y la tristeza, la soledad y la desesperación, le estaban konsumiendo por dentro. Poko a poko y día a día, la negrura se adueñaba un poko más de su alma, el peso de sus (kizá imaginados) milemios de soledad, le arrebataban la konsciencia y la realidad.

No había manera, o mejor dicho, hasta ayer no había habido manera. Después de noches enteras en vela, llorando. Después de días enteros abstraído de la realidad, pensando en Isara, por fín, una de sus mil enkarnaciones, soñó la solución.

Esa noche no se había dormido hasta muy tarde. A eso de las doce, komo kada noche, el novio de Isara la llevó a kasa (la ventana de Arturo bokeaba, kasi direktamente, en el portal de la kasa donde vivia Isara) y Arturo los vió llegar, kogidos de la mano, y, komo siempre hacía, se kedó mirándolos, viendo komo se despedian, komo él besaba los dulces labios ke Arturo anhelaba kada segundo de su vida. Komo le akariciaba el pelo o le tokaba los pechos, kompletamente ajenos al solitario ser ke, desde una oskura ventana, los observaba mientras unas cristalinas lágrimas brotaban de sus ojos y unos tenues gemidos surgían de sus labios.

Y así era kada noche, el mismo suplicio, la misma tortura, el mismo dolor, la misma soledad. Pero esa vez había sido diferente. Komo kada noche, había permanecio en su ventana, llorando, mucho tiempo después de ke el novio se marchara a kasa y Isara cerrara la vedada puerta de su portal. Había estado torturándose, pensando en lo ke anhelaba besar esos labios ke le estaban prohibidos, tokar esos pechos ke le estaban vedados. Así durante horas, hasta ke, al fín, a las cuatro de la mañana, kon los ojos kompletamente rojos por el llanto y el alma totalmente desgarrada por el dolor, se fue a dormir.

El frío era intenso y sus fuerzas eskasas, así ke se arropó bien kon la manta, receloso de dormir, por las pesadillas ke kada noche sufría (en todas y kada una de ellas Isara era la protagonista principal, y el nunka llegaba a alkanzarla, por mucho ke lo intentaba kon todas sus fuerzas y se dejaba la piel y el alma por konseguirlo.... La seguía y perseguía, por lóbregos kastillos y tenebrosos pantanos. Por horrorosos países de pesadilla y torturados parajes de terror. Mas nunka llegaba a tokarla, aunke siempre permanecia visible, burlandose de él...), aunke deseoso de rekobrar las pokas fuerzas ke el, tan necesario, deskanso, pudiera reportarle.

Se durmió sin darse kuenta, kosa ke nunka le okurria, y esta vez, por una noche, no soñó kon Isara, aunke kizá este sueño fue mucho más horroroso y demencial por las konnotaciones de lokura ke implikaba.

 

En él, mil personas, aparecian sentadas alrededor de una inmensa mesa de roble ke se perdía en la distancia. Arturo estaba sentado a la kabecera de la mesa, y a su alrededor se sentaban sus mil enkarnaciones, una detrás de otra, empezando desde la primera (un poko primitiva y repulsiva), ke se sentaba a su derecha, hasta la última (un refinado personaje del siglo XIX, ke komía de su plato kon extraña delikadeza) ke se sentaba a la izkierda. No había ningún techo sobre sus kabezas, excepto un cielo negro y sin estrellas, y la tenue luz ke reinaba en el ambiente era debida a un difuso replandor blanki-azul en el lejano horizonte.

La tierra a su alrededor era árida y desierta y Arturo no vió ni el más leve rastro de vegetación, estaban en una tierra muerta, pensó kon un eskalofrío.

Los seres (la mayoria eran humanos, pero había alguno kuyo aspekto producía tremendos estremecimientos en el alma de Arturo y ke no eran ni tan sikiera parientes del género humano) ke se sentaban a su alrededor y ke se perdían en el horizonte, komían y bebían, hablaban y reían, en un ambiente muy distendido, komo si se konocieran de toda la vida. Arturo ni bebía ni komía, ni hablaba ni reía, simplemente lo observaba todo kon los ojos komo platos, kompletamente estupefakto ante el demente espektakulo ke se perfilaba ante sus ojos.

Al fin, después de lo ke podian ser años o segundos, ya ke el tiempo no existía en este mundo sin vida, la más antigua de sus enkarnaciones, la ke se sentaba a su derecha, mandó kallar a todas la demás. Una voz profunda, ke inspibaraba temor, aunke tambien un extraño respeto, surgió de sus labios:

-Arturo, - Dijo la primera enkarnación, y unos chispeantes ojos negros se klavaron en los suyos- komo sabes, durante tanto tiempo ke no se puede ni kontar y en tantos lugares ke nos es imposible rekordarlos todos, hemos sufrido en soledad, en buska de lo ke más amamos y ke nos fue arrebatado por alguna burla del destino. Ahora, después de eones de dolor y soledad, tú, Arturo Ruiz Karlkach, lo has enkontrado, mas, por razones ke son más profundas ke nuestro konocimiento, o ke están vedadas a nuestros ojos por los grandes, nuestro amor hacía Nelveth ahora llamada Isara no nos es korrespondido. Hemos intentado konocerla, hablar kon ella y volver a ser amigos suyos, mas nos ha sido imposible. Ella nos konoce y nos rehuye, no entendemos la razon, pero es así....

-Sí, todo eso ya lo se – Interrumpió Arturo, al ke la konversación empezaba a interesarle. –Pero...

-No vuelvas a interrumpirme –Estalló la primera enkarnación, y klavó los ojos en los de Arturo kon tal intensidad ke este bajó la kabeza y se diskulpó tímidamente.

-Esta bien... – Kontinuó la vieja y arrogante enkarnación. - Hace miles de años, en una galaxia a eones luz de nuestro aktual sistema solar, un y una zast, seres kuasi humanos habitantes del planeta Rozt, se juraron amor eterno, uno de ellos era yo, la zast se llamaba Nelveth, y ahora se la konoce komo Isara. Estos jóvenes Zast vivieron muchos peligros juntos, bajo el Oskuro puño de hierro de Hyartagorzoth, el Dios Negro. Las kruentas guerras Ur-Zoth-Atur, ke asolaron en el planeta Rozt durante más de dos siglos akabaron abruptamente kuando el terrible Dormah (el ke ahora os está narrando esta historia) y la sublime Nelveth, kavalgando bajo un demencial manto de sombras y protegidos por el oskuro poder de Hyartagorzoth, se infiltraron en la profunda sima donde habitaban los Ashzosi, repulsivos seres gelatinosos komo babosas gigantes, de los kuales surgían miles de tentakulos ke no cesaban de moverse en una groteska danza asesina. Eran seguidores del horroroso y multiforme Ssatassa, y desde siempre habían habitado en oskuras simas. Y en la mas oskura y virulenta de todas se introdujeron los dos jóvenes Zast, salvando innumerables peligros e inenarrables horrores. Su objetivo final era el negro santuario Ssatassa, situado miles y miles de metros abajo, en la profunda sima. Kon la ayuda del Oskuro Zoth(abrev. de hyartagorzoth), destruirían el templo y a sus repulsivos sacerdotes.

Al final, después de días enteros de sufrimientos, carreras y kaídas, luchas fugaces y muertes silenciosas, avistaron el oskuro y pikudo techo del Templo. Estaba situado en lo más profundo de la oskura sima, y los dos jovenes se sintieron aterrados ante su visón, ya ke parecia ke las sombras agonizaran y gritaran en su interior, preñadas de sufrimiento y dolor. Hyartagorzoth no tenía poder en el templo, y no podía ayudarlos...

...Aun no se por ke no nos fuimos, Nelveth me akonsejó ke nos fueramos, ke abandonaramos. Pero yo no pude, le dije ke no, ke teníamos ke kumplir nuestro objetivo, ke se lo deviamos a nuestro pueblo (aunke, a kien en realidad se lo debía yo era a mi padre y mi madre, muertos bajo los repelentes tentakulos Ashzosi). Y la obligué a seguirme, ella no podia irse sola, ya ke el manto de sombras no la protegería, y yo no iba a ceder.

Así pues, no le dejé otra opción y komenzamos a bajar la empinada rampa (komo los Ashzosi reptan, utilizan práktikas rampas en lugar de engorrosas eskaleras) ke konducia al Templo... Mis rekuerdos son borrosos a partir de este punto, y solo puedo decir ke kumplimos kon nuestro objetivo; el negro templo fue destruido y a la misma vez ke el templo, la negra sima empezó a desmoronarse, arrastrando kon ella a todo ser viviente ke se enkontrara en su interior. Dormah y Nelveth murieron, aunke la guerra Ar-Zoth-Atur terminó abruptamente, debido a la terrible matanza de Ashzosi. Dormah y Nelveth fueron nombrados heroes y se levantaron edificios y monumentos en su honor, y a partir de ese día el Regente de (ahora) todo Rozt sería llamado Dormah, mientras ke su konsorte recibiría el nombre de Nelveth.

El resto de la historia ya la konoceis, el joven Dormah, kuya vida fue sesgada abruptamente, se reenkarnó mil veces. En kada una de estas reenkarnaciones, una promesa de amor destrozada le robó la paz y la felicidad, sumiendolo en el dolor y la desesperación. Al fin, después de mil reenkarnaciones, Dormah, en el kuerpo del humano Arturo, enkontró a Nelveth. Esta ahora se llamaba Isara, pero no kabía la menor duda de ke era la misma joven ke, en un lejano planeta, bajo un cielo negro sin estrellas, le juró amor eterno. Mas ahora esa promesa ya no era sino un vívido y doloroso rekuerdo en la mente de Dormah, y Nelveth ahora lo repudiaba y no había forma de establecer ningún tipo de relación kon ella...

Todos los presentes miraban kon los ojos anegados en lagrimas a la vieja y remota primera enkarnación. La mayoria de ellos no había oido nunka la triste historia de Dormah y Nelveth, y ahora, eskuchandola por prímera vez, komprendian mejor al anciano, irritable y silencioso, ke era Dormah. Su profundo dolor y desesperación, la fuerza de su alma al vencer a la muerte y todos los eones de amargura ke pesaban sobre sus espaldas. Tristes gemidos surgieron de algunas de las gargantas más debiles, Arturo miraba al viejo ke se sentaba a su derecha lleno de dolor y kompasión. Ahora konocía un poko mejor lo ke signifikaba ese extraño amor por Isara, komprendía un poko mejor de donde procedían las interminables e inenarrables oleadas y espasmos de dolor y sufrimiento ke, minuto a minuto, asaltaban su alma. Seguramente, fue por esa compasión y afekto renovados ke, kuando el viejo expuso su horrible y demencial plan, con las aterradoras konnotaciones ke implikaba, Arturo aceptó sin dudarlo....

 

Zoth

Durante todo el día ke sucedió al demencial sueño, ke había hecho descender a Arturo, de golpe, cien peldaños en el negro pozo de la lokura, estuvo buskando todos los ingredientes y utensilios necesarios para realizar el negro konjuro ke, entre susurros y bajo un fantasmagóriko cielo sin estrellas, le había narrado su primer (y más poderoso de todos) antepasado. La mayoría de los ingredientes y utensilios necesarios se podian konseguir sin muchos problemas, simplemente buskandolos bien se enkontraban, y los horrendos grabados ke tuvo ke hacer en el suelo de su habitación (referentes a horribles oskuridades multiformes enmarkadas kon terrorifikos simbolos, afortunadamente ya olvidados) , ke le llevaron más de cuatro horas, no konstituyeron ningún problema komparados kon el ultimo ingrediente, el ke aun no había buskado.

El ke había dejado para kuando las oskuras sombras de la noche se adueñaran de los estrechos kallejones y los paseantes fueran presa fácil de las sombras ke se okultan bajo las sombras. Este ingrediente era un ojo humano, tenía ke ser forzosamente humano y sin él, el impío hechizo no funcionaría.

 

Era invierno, y las kalles aparecían desoladas y muertas bajo el intenso frío. Arturo kaminaba kon las manos en los bolsillos, mientras ke por su boka expelía pekeñas nubes de vaho. Siempre ke le era posible se kovijaba al amparo de las negras sombras y así, kaminando entre ellas y fundido kon ellas, sin un alma ke pudiera observar su imperturbable avance, Arturo halló su objetivo.

Había estado kaminando por un oskuro kallejon, el suelo estaba deskonchado y agrietado, y la lluvia formaba pekeños charkitos allí donde el suelo estaba en peor estado. Las kasas de ambos kostados, muy cerkanos entre ellos y ke producían una akogedora y agobiante sensación de opresión, eran bajitas, muy antiguas, y estaban parcialmente derruidas por el implakable paso del tiempo y peso de los elementos.

El suelo, allí donde deskansaban dos verdes kontenedores llenos a rebosar, aparecía lleno de basura y komida en deskomposición, mientras ke un pekeño gato negro, kon el pelo un poko sucio debido a la lluvia, buskaba, arañando entre los restos, algo ke llevarse al estomago.

El kallejón estaba muy mal iluminado, ya ke una de las farolas estaba rota a pedradas, mientras ke la otra se encendia y se apagaba, iluminando durante breves instantes el lobrego kallejón. En una de las paredes, y bajo un balkón, al resguardo de la lluvia, había un bulto envuelto en mantas y cartones, ke Arturo identifikó rápidamente kon un vagabundo durmiente. Sabía lo ke tenía ke hacer, sabía por ke y por kien lo tenía ke hacer, pero, por un instante, dudó, y pensó ke no podría hacerlo. Solo fue un instante, después, el odio de Dormah y el amor de Nelveth (o era el amor de Arturo y el odio de Isara) estallaron en su kabeza y, en su mano derecha, una pekeña y afilada navaja, destelló kon el frío fulgor del acero y el brazo derecho de Arturo se abalanzó, asesino, sobre el bulto informe ke era el vagabundo. Este gritó de dolor y la kálida sangre surgió de la herida, empapando la manta kon ke se kubría el vagabundo, kuando Arturo alzó el brazo, solo para volverlo a bajar, una vez, dos, tres, cien... Arturo perdió la kuenta, un negro frenesí y una horrible sed de sangre se adueñaron de él. La sangre del vagabundo surgió, espesa e infinita, de las múltiples heridas ke iban apareciendo en su kuerpo. La manos y las ropas de Arturo se empaparon del likido karmesí ke lo estaba enlokeciendo y, un poko mas arriba, alguna ke otra venta se iluminó, despiertos sus habitantes debido a los extraños ruidos ke surgían del negro kallejón.

Pero Arturo no se enteró, estaba sumergido en una especie de horrible y maléfiko trance de sangre, y lo úniko ke le importaba era cubrir todo su kuerpo kon la sangre del viejo, ke surgia, ahora menos profusamente, de las heridas realizadas por Arturo. Kuando hubo realizado su horrible bautizo de sangre, Arturo se kalmó un poko, y rekordó el verdadero objetivo de su misión. Aunke (no se iba a engañar) había disfrutado akuchillando al viejo, ahora una extraña kalma se apoderó de él, y supo, milimétrikamente, komo si se lo estuvieran diktando, todo lo ke tenía ke hacer. Kon mucho kuidado, introdujo la punta de su afilada navaja en la kavidad okular del vagabundo, tratando de no dañar el ojo. Kuando se cercioró de ke la punta de la navaja no atravesaría el globo okular en su maldito avance, apretó. El viejo se retorció de dolor, al parecer aun vivía, pero solo un tenue gemido surgió de sus labios. La vida se le esta eskapando de las manos, pensó, kon esa extraña kalma, Arturo, y un placentero eskalofrío le rekorrió la espina dorsal.

Utilizando la navaja komo una makabra palanka, ejerció presión hacia fuera. El ojo saltó de su orbita kon un sonoro plop y se kedó kolgando de las ensangrentadas venas y nervios, Arturo los kortó rápidamente y el vagabundo emitó su ultimo estertor. Había muerto, en ese momento, todo el peso de la realidad kayó sobre Arturo, el kual komprendió lo ke había hecho. La extraña kalma ke se había adueñado de él mientras realizaba la precisa extrakción del globo okular desapareció de golpe, y un creciente sentimiento de temor y una tremenda excitación nerviosa, se adueñaron de él. Miró hacía el cielo, desesperado, y vió las luces en las ventanas, a lo lejos, una sirenas ululaban amenazadoras. Supo ke no tenía tiempo para nada. Había matado a un vagabundo, es más, lo había akuchillado una y mil veces y lo había mutilado saltandole un ojo. Tenía ke salir korriendo, y en ese preciso instante, o la policía lo atraparía, en la escena del krimen, y la muerte del viejo, ke ya empezaba a pesar en su konciencia, habría sido inútil.

Se lanzó a toda velocidad por el oskuro kallejón, sin pensar ni mirar atrás. Las kasas y las kalles pasaban ante él, veloces. A lo lejos y a su espalda, las sirenas aun rompían el silencio de la noche kon su horrible gemir. Pero no lo enkontrarían. Es más, estaba seguro de ke ni tan sikiera hallarían la más leve pista, esos idiotas.

El mundo pasaba ante él a toda velocidad, estaba kruzando el (ahora) desierto parke lewis, el korazón le latía kon fuerza y sentía una extraña humedad en su mano izkierda. Llegó a su portal sin komplikaciones, aunke exahusto, se apoyó kon la mano derecha en la puerta de kristal y kon la izkierda intentó sakar las llaves. Un grito de sorpresa y terror eskapó de su garganta kuando vió el makabro órgano ke sujetaba entre sus dedos. Pero klaro, el ojo, eso era lo ke había salido a buskar ¿no? Por eso había asesinado horriblemente al indefenso viejo y después lo había mutilado, para konseguir un horrible ojo y rekuperar un amor maldito.

Abrió la puerta y subió a kasa, kaminaba sin levantar los pies del suelo, komo si soportase un gran peso sobre sus espaldas, estaba kansado, muy kansado.

Kuando abrió la puerta de su kasa ya era tarde, y sus padres ya hacía rato ke se habían akostado. Así ke Arturo fue primero a su habitación, cogió una muda limpia y el pijama, dejó el makabro globo okular, metido en una bolsita, en el kajón de la ropa interior y se dirigió al baño.

Allí, kon kalma, se duchó y se limpió. La suciedad y la sangre fueron barridas de su kuerpo por el agua purifikadora, y, a la vez ke su kuerpo se limpiaba, de su mente se alejaban el horror y la muerte, el terror y la destrukción, de la noche pasada. Su mente se relajó bajo el sedante efekto de la ducha y komenzó a vagar por distantes mundos de ensueño, donde el dolor y la desesperación no existian. Esos mundos estaban kubiertos de una verde y espesa vegetación, y tokados akí y allá por solitarios pikos o imponentes kordilleras. Arturo era libre en esos mundos, y se movía a su antojo, volando de aki allá entre ellos y sobre ellos visitando parajes misteriosos y tierras desiertas... Pero era mera fantasía, la realidad era mucho más horrorosa y kruel...

Arturo cerró a desgana el grifo de la ducha, salió de la bañera y se sekó kon la toalla. La kalefakción estaba puesta al máximo y se estaba realmente bien. Se puso el pijama y después limpió las ropas machadas de sangre ke había utilizado la noche anterior y la pekeña navaja ke siempre llevaba konsigo. Hecho esto (eran ya más de las dos y media de la madrugada), por fin pudo irse a dormir.

Su madre le había kambiado las sábanas y Arturo se sintió un poko mejor kuando se metió en la kama. Las sábanas despedían una sensación de limpieza y freskura ke kizá se transmitió a Arturo.

Bueno, kizá las kosas no salgan tan mal, pensó Arturo, pero ni tan sikiera podía imaginar lo ekivokado ke estaba. Esa noche se durmió rapidamente, y ningún sueño inoportuno vino a molestarle.

Al día siguiente amaneció renovado y expektante, pues ese era el día elegido por su primer antepasado para la ejekución del hechizo, ke había de portar a la tierra la esencia de uno de los antiguos y oskuros dioses de más allá del espacio, ke tenía ke devolverle el perdido amor de Isara y la tan ansiada paz de su torturada alma. No salió de kasa en todo el día, pues aun le kedaban kosas por hacer, versos ke aprender y runas ke grabar. A mediodía, kuando fue a la kocina, a koger algo del frígorifiko, oyó la noticia del brutal asesinato de un viejo vagabundo, en un oskuro kalllejón del barrio del klot, en Barcelona. La mente de Arturo archivo rápidamente la noticia y ni tan sikiera lo relacionó kon el tétriko ojo ke había konseguido la noche anterior.

El día transkurrió lento, más, al fin, las sombras nokturnas se adueñaron de la ciudad, y la luna llena se elevó en el horizonte, vaga y konfusa, debido al kargado ambiente. Arturo, ke estaba más nervioso a kada instante, komenzó a preparar todo lo necesario para el hechizo. Pintó su kuerpo y kemó las raras yerbas, el ambiente se kargó kon un olor extraño y perturbador, a la vez ke conocido y rekonfortante.

Akabó a las once y media, y, kuando se asomó por la ventana no vió todavía a Isara y su novio, pero llegarían pronto, Arturo estaba kasi seguro de eso.

Kuando llegaron las doce la feliz pareja aun no había llegado, aunke a Arturo le importaba bien poko. Se metió en el cirkulo ( dos cirkulos koncentrikos, formando una especie de aro y surkados de demenciales runas) y komenzó a realizar una serie de komplejos y espamodikos movimientos, ke pretendían ser una especie de danza, y a emitir una série de gemidos y alaridos, ke formaban un komplejo y terrorífiko alfabeto. Al kabo de un tiempo los gemidos cesaron y la demente danza perdió intensidad. Arturo alkanzó un kuenko situado a su izkierda, sobre una especie de negro altar, y se lo llevó a los labíos, no kiso pensar de ke estaba kompuesto, aunke el mismo lo había preparado, pero un objeto esferiko se movió en el denso kaldo y le lanzó una mirada muerta.

Arturo lo ingirió de golpe, sin pensarselo dos veces. Kuando se lo hubo bebido todo, una ráfaga de viento, surgida de la nada, apagó de golpe las cinko velas ke iluminaban tenuemente la habitación y la oskuridad lo engulló todo. Arturo cayó al suelo, kon los brazos en el estomago, presa de violentos dolores y los ojos en blanko. Una espuma karmesí le surgia por los labios, aunke la oskuridad total ke envolvía la habitación lo cegara todo.

Un rayo estalló en la negra noche, iluminando la habitación kon un fulgor blanki-azul, Arturo se movia en el suelo presa de horrendos espasmos. La oskuridad volvió a ser reina de la noche, kuando la luz del rayo fue vencida, y arturo cesó ya de moverse. Permaneció tendido en el suelo durante unos instantes, pero después, poko a poko se inkorporó, su hechizo había funcionado, El Negro Dios de la Oskuridad, Hyartagorzoth, había venido a la tierra, satisfaciendo así los deseos de Arturo, más lo ke el pobre joven nunka supo ni sabría, es ke Hyartagorzoth necesitaba un kuerpo durante su estancia en la tierra, y ke este tenía ke ser forzosamente el kuerpo del sacerdote ke lo invokara, en este kaso Arturo. Nunka lo sabría, por ke su alma había sido expulsada de su kuerpo y de esta tierra, enviada a eones luz de distancia, en algún punto perdido en la inmensidad del negro vacio, a La Oskura Sima, prisión de las almas ke alimentan el negro poder de Zoth. El Negro Dios sonrió para sus adentros, Había sido muy fácil desterrar el alma del mísero mortal, y este mundo estaba lleno de seres komo él, débiles e inkapaces de defenderse. Ah, kuanta y diversión y poder le aguardaban. Zoth se asomó a la ventana y apoyó su mano (una mano muy humana y tangible para su gusto) sobre el marko de la ventana. Una total y absoluta oskuridad reinaba en el interior de la habitación de Arturo, y kualkiera ke mirase desde la kalle no distinguiría nada. Zoth se sentía kompletamente a gusto entre las sombras, ke por otra parte eran sus esklavas y le servian kon ciega obediencia, y desde la ventana de Arturo se distinguia perfektamente la kalle. Y mucho más perfektamente lo veía todo Zoth, El Dios Negro, por los humanos ojos de Arturo.

La avenida, tokada aki y allá por la ténue luz de las farolas, permanecía solitaria y silenciosa, fría y desamparada. En un portal, kasi en frente de donde se hallaba Zoth, una pareja, envuelta en sombras, se abrazaba y hablaba entre susurros. Podría haberlos matado kon tanta facilidad... Las sombras le servian, podía hacer ke estas se cerrasen sobre ellos, en un mortal abrazo; o ke los kogieran y los elevaran por el cielo, para luego dejarlos kaer. Una kaida maravillosa y un choke esplendido.

Estaba mirando distraidamente a la pareja, mientras ke en su mente, cientos de formas de morir, a kada kual mas horrible, se iban sucediendo. De repente supo ke no podría hacerlo, ¿por ke? Bueno, eso no lo sabía. Era un ser todopoderoso, podía matarlos si quería, había miles de formas de matarlos. Pero sabía ke era inútil, no podía matar a estos dos seres, y no komprendía la razón, era algo vago y deskonocido, algo ke partía del korazon ke insuflaba vida al kuerpo ke había poseido. Un latido desesperado, ke transmitía un konfuso sentimiento, un sentimiento mortal, ke Zoth no komprendía, pero ke paralizaba kada célula de ese maldito kuerpo humano, y le impedía sikiera alzar la mano hacía la pareja. Si Zoth hubiese sido mas humano y menos todopoderoso, habría komprendido ke el sentimiento ke impedía al kuerpo de Arturo, alzar tan sikiera la mano hacía la pareja, era simple y llanamente el amor. Un amor puro e imperecedero, ke había (o no) perdurado durante mil siglos y en cientos de lugares a lo largo de todo el universo.

Era ese mismo amor ke le había traído a la tierra el ke le impedía atakar a Isara y su novío, abrazados en el oskuro portal.

Pero Zoth no lo komprendía, y, frustrado, se lanzó a traves de la oskura ventana al vacío exterior. El frío era intenso, a 15 metros sobre el nivel del suelo y en pleno invierno, a las dos de la madrugada. Había dejado de llover, ke ya era algo, pero la tunika de terciopelo negro, ke se había puesto para realizar el hechizo, no abrigaba demasiado. Las sombras arroparon a Zoth, impidiendo ke el kuerpo humano ke usaba kayera al vacío. El frío viento jugueteó kon los plieges de la negra túnika, haciendo ke esta remolineara sobre el kuerpo de Arturo. Zoth no podía sentir el frío de la noche, ke se estaba kalando en los huesos del humano kuerpo, y lo estaba haciendo enfermar. El era atemporal, era eterno, era el todo, un ser superior, no podía sentir ni frío ni calor, ni amor ni odio, no sabía lo ke era el dolor y no tenía miedo, por ke, no tenía nada ke perder, el era eterno y siempre existiría, así de simple.

Pero el kuerpo ke habitaba era humano y bien humano, era tangible y mortal, podía enfermar y morir, y ni enfermo ni muerto serviria a sus propósitos. Aunke podría hacerlo durar más, hacerlo más resistente a las enfermedades y al frío. Mas este era un proceso lento y engorroso, y siempre era mejor un kuerpo sano.

Zoth komenzó a volar, se elevó por encima de los edificios y la negra oskuridad lo empujó por el cielo nokturno, tachonado akí y allá de grises nubarrones, ke okultaban la blankecina luna.

Volar le producia una sensación de intensa kalma (¿¿kalma?? Komo podía sentir kalma, ¿ke era eso?) y poder. El poder era lo único importante para un ser como Zoth. Conseguir más y más poder, era su única ambición. El poder se lograba mediante la muerte, y, además, sentir komo una vida se extinguía abruptamente y su propio poder aumentaba, era sencillamente exquisito.

Lo úniko ke impulsaba a Zoth era el mismo. El poder, su propio poder, era lo uniko ke le estaba permitido ansiar, ya ke era un ser atemporal.

Y, mientras volaba ensimismado en sus pensamientos, sus sentidos, superiores, le mostraron una presa. Era un humano joven, ke kaminaba solitario por una kalle llena de koches, vacíos y en silencio. Kaminaba rápido, kon las manos en los bolsillos, seguramente volvería a su konfortable hogar donde lo esperaria un kalido fuego, o kizá una kálida mujer, ke tratarian de hacer más breves y llevaderas las frías noches invernales, o, al menos, hubieran tratado si Zoth no se hubiera fijado en él.

Inició un peligroso pikado, okulto a la vista de su viktima por un edificio, pero, un imprevisto, le obligó a detenerse en seko, dos humanos más, ke estaban deskargando kajas de una enorme konstrukción metálika (ke la mente de Arturo dijo ke era un kamión), podrían verlo y alertar a toda la komunidad. Pero, por otro lado, dos viktimas eran mucho mejor ke una...

Así ke Zoth, suspendido a unos siete metros de altura, en medio de la ciudad de barcelona, y rodeado de negras ventanas ke kontenian en su interior a los dormidos e ignorantes habitantes de la urbe, konjuró a las negras sombras ke rodeaban a las dos personas. Estas se revolvieron y se agitaron, dispuestas a obedecer las ordenes de su uniko señor, de su amo, de su dios.

Pero aun no era el momento, primero tenía ke pasar el joven, al ke las negras alas de la muerte y la desolación habían rozado, y ke kontinuaba kaminando, ignorante y despreokupado, seguramente kamino de su kasa.

En ese momento, nuevamente, algo se agitó dentro del mortal y maldito kuerpo del humano, un sentimiento ke no konocia y ke le conminaba a no atakar a los dos miserables humanos, ke, entre ronkos susurros, transportaban kajas de un lugar a otro.

Pero esta vez era un sentimiento debil, un sentimiento ke le sería muy fácil superar. Pero, de todas formas, no era normal, ke él, Hyartagorzoth el señor de la oskuridad, hyartagorzoth el impío, tuviera sentimientos komo estos. Sin duda, era devido al kuerpo del humano y a la konsciencia ke lo había habitado kon anterioridad, ke habían dejado algún reskicio de pensamiento ke ahora interfería de alguna forma kon su voluntad.

Era igual, no tenía tiempo en esos momentos de pensar en ello, lo dejaría para más adelante, ahora tenía otros asuntos de los ke okuparse. El joven dobló la eskina y Zoth sonrió, ahora era el momento. Las sombras se lanzaron kontra los dos hombres y rebulleron entre ellos. Estos, sorprendidos, soltaron las kajas, ke sin konseguirlo, intentaban transportar al interior de la tienda. Las kajas kayeron al suelo kon un ruido sordo, esparciendo su kontenido de verduras y hortalizas, por el suelo. Rojos tomates y verdes lechugas komenzaron a rodar por entre los pies de los dos hombres, ke se movian frenetikamente, kon los brazos alzados a la altura de la kabeza, intentando liberarse de unas sombras intankigibles, ke se arremolinaban a su alrededor, asfixiandolos y konstriñendolos.

Los dos hombres, en un intento desesperado por librarse de las sombras asesinas, se movían de akí para allá, chafando lechugas y tomates, mientras emitían desgarradores gritos de dolor y horror, ke morían, futílmente, kuando intenban traspasar la negra barrera de sombras.. El suelo pronto se tiñó de rojo y verde, kasí komo si hubieran chafado a un pekeño extraterrestre, pero las sombras seguian danzando y agitandose, zarandeando y oprimiendo a los dos hombres.

De repente, la presión ke ejercían las sombras aumentó mil puntos, y, los débiles kraneos humanos, ke no aguantaron la presión, saltaron en todas direkciones.

Fue realmente horroroso.

Los dos cerebros saltaron hacía todos lados, así komo lo haría una sandía chafada por una maza. La kalle, los koches de alrededor, y las diversas tiendas y edificios, ke poblaban la zona donde se enkontraban los dos hombres, kedaron enseguida plagadas de pekeños trozos de cerebro y kráneo, adheridos a ellas. Así komo de la ingente kantidad de sangre ke salió disparada, kuando el lugar ke okupaba junto al resto de la kabeza, se vió invadido por unas, negras y demenciales, sombras.

Los globos okulares, saltaron de sus kuenkas, en kuatro direkciones diferentes, kuando estas se konstriñeron y se replegaron sobre si mismas, debido a la tremenda presión ejercida por la oskuridad. La piel, ke antes cubriera el kráneo, kedó kolgando del kuello de los dos hombres, komo una danteska y horrible maskara inútil. De los dos kuellos, ahora vacíos de la karga ke habían de soportar día a día, surgían pekeños geíseres de líkido karmesí, akompasados al ritmo de un estúpido korazón ke se aferraba, inutilmente, a una, kada vez más extinta, vida.

Los kuerpos estuvieron durante unos segundos más inertes, de pie y sin vida, y las sombras a su alrededor, bullían y rebullían, danzaban y se movían de un lado hacía otro, expektantes y ansiosas.

Las sombras, aparentemente sin kausa y aun más frenéticas ke antes, se alejaron de los kuerpos y se elevaron al cielo infinito, diluyendose kon la oskuridad.Los dos kuerpos kayeron al suelo, kon un horrible sonido sordo, y, la roja sangre se mezkló kon la verduras y hortalizas, tomates y lechugas, chafados y sucios, meklados kon trozos de kraneo y cerebro, y dos pares de ojos ke miraban ciegamente en kuatro direkciones distintas.

Zoth disfrutó kon el espektakulo, hacía tiempo ke no veía una kosa tan divertida y kolorida. Los dos kráneos estallaron en un pandemónium de kolor y viskosidades voladoras, ke lo fascinaron. A los pokos segundos de estallar las dos kabezas, las almas eskaparon de sus, ahora muertas, carcasas. Zoth lo vió kon toda nitidez, dos entes de luz, blanka y prístina, dos almas humanas kompletamente puras. Las sombras las atraparon, después de un pekeño forcejeo, y se elevaron en la noche kon ellas. Las transportarían a la Oskura Sima, donde su blankura y pureza, sería transformada en oskuridad y corrupción, para ke así, pudieran servir a los elevados designios de El Oskuro.

Kuando las sombras se fundieron kon la oskuridad, Zoth, sintió un intenso y profundo dolor en la boka del estomago, la kontrakción involuntaria de un músculo, seguida de un profundo pinchazo y una horrible arcada. Se llevó los dos brazos a la barriga, y se dobló sobre sí mismo, expulsando un asqueroso y denso caldo, que le quemaba la garganta, cuando surgía, arrasador, por ella. El denso caldo, plagado de grumos, cayó al suelo desde una altura de siete metros, con un horrible sonido chapoteante. Bilis y sangre, se mezclaron con tomates y verduras, restos de cráneo y de cerebro, conformando un espectáculo digno de no ser visto jamás.

"Pero ke demonios me está ocurriendo – pensaba Zoth, mientras el oscuro y abrasador líquido surgía de la débil garganta del patético cuerpo que ocupaba – Soy un ser todopoderoso y atemporal, mi materia está mas allá de cualquier imaginación y poder humanos. ¡¡No me tendría que estar ocurriendo esto!! Maldita sea, la Gran Nada se arrancó un pedazo de su cuerpo para darme forma, durante mil momentos me alimentó con su propia prole, hasta que mi materia fue lo suficientemente poderosa para valerse por sí misma. Desde ese día, nunca, hasta hoy, había sufrido una humillación tan fulminante y total, por no decir, ke nunca había sentido nada de nada, excepto el ansía de poder, y el placer de tenerlo. Hasta que he aterrizado en este miserable planeta, y me he zambullido en este patético cuerpo humano, cargado de sensaciones y recuerdos que ya tendrían que estar olvidados. Pero mi esencia es demasiado poderosa para verse contrariada por vagos recuerdos o confusas sensaciones ya olvidadas, tiene que ser algo más, tiene que ser otra cosa..."

Las arcadas fueron menguando poco a poco, y el líquido, marrón oscuro moteado de rojo, cesó de surgir de su garganta lentamente. Se limpió los sucios labios con la manga de la, ahora un poco raída, túnica, y estuvo escupiendo un buen rato para librarse del repelente sabor que tenía en la boca. Realmente, esto no era lo que se suponía hacía un ser todopoderoso. Poco a poco, Zoth fue adoptando un porte más digno, y después, mentalmente, llamó a sus oscuras aliadas, para que lo transportaran al lugar de invocación. Tenía mucho sobre lo que meditar, y muchas cosas que aprender de este maldito cuerpo humano.

Esta vez, el viaje no fue tan de su agrado como la vez primera, ya que esta vez, funestos y aterradores pensamientos poblaban su milenaria mente, haciendo que, por primera vez, esa alma atemporal se estremeciera de miedo.

Pasó como una exhalación por sobre edificios y parques, mientras el frío viento invernal, penetraba, implacable, por la fina túnica negra, y se cebaba en el, cada vez más enfermo, cuerpo de Arturo.

Tenía que haber algo que fallaba, pensaba Zoth, en una situación normal, las patéticas restricciones del débil cuerpo no habrían afectado lo mas mínimo a su esencia. Pero había ocurrido, por alguna razón que escapaba a su extensa comprensión, había experimentado sensaciones y vivencias indignas e incomprensibles para un ser como él, pero estaba dispuesto a que no le volviera a ocurrir nunca. Y con esta intención aterrizó en el lugar de invocación, atravesando la negra barrera de oscuridad que se extendía de un lado a otro de la ventana. Una negrura infinita reinaba en el lugar, exactamente como cuando Zoth lo había abandonado. Mas, para sus sentidos superiores, adaptados al cuerpo de Arturo, esa oscuridad era tan gratificante, casi, como estar en su propia negra sima. Distinguía perfectamente cada objeto de la estancia, percibía cada color como un distinto matiz del gris, y la estancia se le presentaba en una acogedora escala de grises. Se sentó justo en el centro del circulo que Arturo había dibujado el día anterior. Estaba un poco intranquilo, sentimiento que no era nada común en un ser como él, pero no podía evitarlo. Iba a introducirse en el subconsciente del cuerpo que habitaba, para ver que demonios era lo que estaba produciendo unos sentimientos y unas sensaciones tan horribles en él, un ser atemporal.

Cerró los ojos y dejó que su esencia vagara a planos inferiores de existencia, planos inferiores e interiores, planos en los que no estaría solo, planos en los que no sería atemporal ni todopoderoso, planos en los que podía encontrarse con cualquier cosa, cualquier cosa...

 

 

Zoth, Arturo y Dormah

 

Cuando Zoth abrió los ojos se encontró en un paraje que creía que no volvería a ver, hasta que el universo se replegara sobre sí mismo, y las constelaciones y galaxias, estrellas y planetas, se estrellaran unas contra otras, destrozándose y despedazándose, en pequeñas y diminutas partículas, que luego se unirían para formar un gran todo, que albergaría a los seres como Zoth y sus elegidos, para que observaran y comprendieran el desarrollo de este universo imperfecto, y así pudieran crear la raza perfecta, que serviría de alimento a la Gran Nada, en su proceso definitivo de expansión, para llegar a ser el Todo Supremo.

Mas ahora se encontraba nuevamente en ese lugar que creyó no volvería a ver jamás. Era ligeramente diferente, pues un resplandor blanqui-azul surgía del horizonte (un resplandor antes no había exsistído), que dotaba a todo el paisaje de tono diferente al ke estaba acostumbrado a ver. Pero no cabía duda, era el lejano planeta Rotz, donde en tiempos inmemoriales Hyartagorzoth el Oscuro había conseguido sus mayores triumfos. De alguna forma que Zoth no llegaba a comprender, aun, el subconsciente de Arturo había recreado, casi a la perfección, un lugar que había existido, y dejado de existir, millones de años antes de nacer.

Zoth era ciego. Como solo se preocupaba de si mismo y su propio poder, no alcanzaba a ver más allá de él. O mejor dicho, todo lo que no fuera para aumentar su propio poder le daba igual. En ningún momento se había parado a pensar, como, un ser como Arturo, un simple mortal sin conocimientos ni experiencia suficientes, había sido capaz de invocar a un ser como Zoth, que estaba más allá de cualquier pervertida y demente psique humana. Tampoco le importaba, el mero hecho de estar en este planeta ya era suficiente para él, estaba tan pagado de sí mismo, que no creía que nadie en este miserable planeta podría oponerse a se voluntad. Pero ahora, había experimentado el miedo y el dolor humanos, así como el amor, y su confianza era como un muro de hielo en medio del desierto, cada vez menos sólida. Y así, con paso inseguro y vacilante, avanzaba Zoth por esos parajes, en los que había obtenido su máximo esplendor, y donde sus mayores victorias se habían fraguado.

Altos riscos se erguían amenazadores, tocados de un misterioso e irreal halo blanqui-azul. La tierra, árida y sin ningún tipo de vegetación, estaba tocada del mismo halo, que hacía que los pasos de Zoth, fueran aun más vacilantes, cuando divisó la Negra y Oscura sima, ahora la blanqi-azul sima, que se abría, enorme y horrible, como unas tremendas fauces dispuestas a devorar su esencia, a unos quinientos metros delante de él. Nunca había estado tan atemorizado, en realidad, nunca hasta ahora había estado atemorizado, hasta que había llegado a este maldito planeta con sus patéticos humanos, sus fantasías (presa de una de las cuales estaba ahora) y sus ilusiones. Pero ahora ya no había vuelta atrás, el era Hyartagorzoth el Oscuro, y no podía ser vencido con tanta fácilidad. En realidad, no podía ser vencido.

Y con este pensamiento, un poco más reconfortante, se dirigió a la sima blanqui azul. Negras sensaciones surgían de la sima, y se extendían e impregnaban la tierra de alrededor, pero Zoth no se amedrantó y continuó avanzando. Una negra rampa se abría ahora ante él. Zoth se armó de valor y comenzó a bajarla. Se adentraba, con un ángulo bastante pronunciado, en las profundidades de un subconsciente plagado de recuerdos y peligros, y Zoth no podía divisar el final. Conforme iba avanzando, siempre hacía abajo, iban surgiendo ramificaciones hacía la derecha y hacía la izquierda, Zoth las ignoraba, pués sabía que la solución se encontraba abajo, en lo más profundo de la sima.

Las rugosas paredes de la sima, palpitaban con un fulgor blanqui azul, como el del horizonte, que crispaba los nervios de Zoth, afortunadamente, todo estaba en silencio. Y así continuó durante mucho tiempo, mientras Zoth avanzaba rápidamente por el inclinado pasillo, dejando a derecha e izquierda innumerables ramificaciones del camino. El palpito de las paredes se hacía más intenso conforme se adentraba más y más en la blanqui azul e irreal sima.

Al fin, llegó a un punto en el que no se podía avanzar más hacía abajo. El camino quedaba partido en este punto, bifurcándose a derecha e izquierda. Zoth se tomó un segundo para pensar, no había diferencia aparente entre los dos pasillos, pero, sus sentidos superiores, enseguida le avisaron de que sí, había una diferencia, el pálpito de la pared de la izquierda era más intenso y pronunciado.

Seguramente los peligros serían mayores, y también, suguramente, la solución que tanto ansiaba se encontraba en ese pasillo. Sin dudarlo se encaminó hacía él.

El pasillo conducía a una amplia sala. Cientos de nichos se abrían en las palpitantes paredes, a los cuales se accedía por unas rampas muy pronunciadas, afortunadamente, los habitantes que antaño durmieron en esos nichos habían desaparecido hacía mucho tiempo, o al menos, no se encontraban en la sala en ese preciso instante. En la pared de la derecha, y bajo los nichos se abría un pasillo que conducía hacía abajo, frente a él, se abría otro que continuaba a la izquierda. Decidió ir hacía abajo.

Pero, cuando estaba a punto de reanudar el descenso, se dio cuenta, de que las sombras, de un color blanquecino azulado y extrañamente irrales, danzaban y se revolvian, unas con otras, como si tuvieran vida propia. El miedo de Zoth subió un grado, aquí estaba indefenso, ya que sus propias aliadas, sus sombras, no podían ayudarle. Tendría que hacer frente al peligro el solo, pero, ¿acaso no era un ser atemporal y todopoderoso? Así que separó un poco las piernas y se preparó para defenderse del ataque.

 

 

Cuando bebió el apestoso caldo, que el mismo había preparado, sintió un gran calambre en el estomago. La arcadas hicieron presa en él, que aguantó como pudo, con los brazos en el estomago. Cayó al suelo, las rodillas se le doblaron, no aguantaban su peso. Y el estomago le dolía mucho, muchísimo. Calambres y arcadas se turnaban para asaltar el cuerpo de Arturo. Este solo podía apretar los dientes, los brazos contra el estomago, y resistir.

De repente se sintió fuera de su cuerpo, y el dolor pasó. El, ahora vacío cascarón en el que antes habitara, se encontraba a unos 4 metros por debajo de él (lo que significaba que estaba flotando, suspendido en medio de la oscura habitación), retorciendose de dolor, en el suelo y doblado en posición fetal, con los brazos a la altura de la barriga. Un rayo iluminó la noche, y las sombras se alejaron un poco de la habitación, Arturo pudo ver como su cuerpo, allí abajo, se quedaba quieto. Los dolores debían haber remitido, seguramente ya había muerto. Así, tristemente, terminaba su aventura, había fracasado estrep...

Un momento, los párpados se habían abierto, y, en los ojos, brillaba un fuego como nunca jamás se había atrevido a imaginar. Era un fuego negro, que consumía la luz (y la cordura), allí donde el ser que había poseído el cuerpo de Arturo, posaba la vista. Las sombras se agitaban y se inclinaban bajo esa terrible mirada. Arturo pudo verlo todo con infinita claridad, en este nuevo estado de consciencia; el ser les había dado una orden, y, ahora, las sombras se dirigían velozmente hacía él. Solo que de repente no estaba solo. Novecientas noventa y nueve almas, que eran una sola en diferentes etapas, lo rodeaban y le proporcionaban cobijo y seguridad. De repente, Arturo supo que las sombras no tenían nada que hacer. Siglos de dolor habían curtido esas almas que ahora lo rodeaban y lo protegían.

Dormah, la primera encarnación, el que más tiempo llevaba sufriendo, se adelantó -dirigiendo una funesta mirada al ser que habitaba el cuerpo de Arturo- y pronunció una palabra. Todas las encarnaciones reaccionaron al unísono, como si fueran una sola. Se abalanzaron sobre las sombras, rodeándolas y asfixiándolas, privandolas del poder que emitía la corrupta esencia de su amo. Las sombras desaparecieron bajo el fantasmal fulgor que emitían las enarnaciones, que los rodeaban por los cuatro costados, y que les imposibilitaban el movimiento.

Las encarnaciones desaparecieron, haciéndose más y más transparentes, hasta que fueron completamente invisibles, cuando su misión hubo terminado. Tan solo quedaron Dormah y Arturo, y, abajo, el ser que había poseído el cuerpo de Arturo, apoyado en la ventana, observando la ciudad, nueva y desconocida para él, que se abría ante sus ojos, rebosante de vida.

El ser no se había dado ni cuenta, estaba demasiado seguro de sí mismo, confiaba demasiado en el negro poder de sus sombras o creía que Arturo era simplemente un mísero mortal sin ninguna posibilidad de escapar a su poder.

Pero había escapado, gracias a la ayuda del viejo.

-Aun nos falta lo más difícil -dijo Dormah, aunque no con la voz sino (más bien) telepaticamente-tenémos que volver a introducirnos en tu cuerpo, Arturo, no podemos dejar que Zoth deambule por esta ciudad a su antojo. Pero he de advertirte, es muy probable que advierta que intentamos volver a introducirnos en ti, y, en ese caso, tomará medidas al respecto, y no se si esta vez podremos hacerles frente...

-En ese caso -Dijo Arturo, que por lo ventana, o quizá por un presentimiento, había advertido que Isara y su novio se acercaban, cogidos de la mano, a la oscura portería -, ha de ser ahora...

Dormah comprendió al instante a lo que se refería Arturo, por algo llevaba mil siglos enamorado, pensando en esa persona, y asintió con un pensamiento. Los dos se lanzaron en picado y se introdujeron en el cuerpo. Una desagradable sensación agitó todo el espíritu de Arturo cuando volvió a tomar contacto con la carne y la sangre. Era una sensación de rechazo y repulsión, aunque por debajo flotaba una gran pena, pero Arturo se hizo fuerte, el amor le impulsaba, pensó.

De pronto lo volvió a ver todo a través de los ojos de su antiguo cuerpo, había pasado, pero era como si, de pronto, estuvieran en un inmenso, abovedado, y desierto cine. A unos 25 metros de él, de pronto se dio cuenta de que Dormah estaba a su lado, había una gigantesca pantalla, casi como de cine, y en ella se reflejaba lo que Zoth, siempre a través de los ojos de Arturo, estaba viendo en ese instante. En la negra pantalla se veía dos personas, abrazadas y besandose, en un oscuro portal. Arturo sentía el odio que emanaba de Zoth, un odio terrible e infinito. Vió un negro masíar de odio, agujeros negros, festoneados de formas aun más negras que ellos, rebosantes de odio y maldad, que se movían ansiosas e incansables, ávidas e implacables, sedientas del denso liquido carmesí que corría por las venas de los dos seres.

Arturo vio todo esto y no pudo reprimir que un rugido de dolor partiese su garganta. Y entonces, sintió que las negras formas, se agitaban más y más rápidamente, como si el grito de Arturo les hubiera inflingido un terrible dolor.

"Estamos en el subconsciente del cerebro de Arturo –Dijo Dormah, entre susurros, situado a su lado-. Zoth está arriba, mucho más arriba. Él tiene el control de las cosas, desde su privilegiada posición, pero nosotros podemos modificarlas desde aquí abajo. Al igual que mediante una bola de nieve, rodando cuesta abajo por una blanca ladera, podemos formar un impresionante y aterrador alud, de la misma forma, con un simple sentimiento enviado desde el subconsciente, podemos modificar el pensamiento racional, situado muchos niveles por encima nuestro, haciendo que este, mediante esa minúscula bola de sentimientos, modifique radicalmente su comportamiento, forma de pensar y de sentir. Así, mediante el amor que los dos sentimos hacía ese ser atemporal que en un principio fue Nelveth, podemos modificar la conducta de Zoth (haciendo que el sienta lo mismo que nosotros), para así lograr que, los deseos de sangre y poder de Zoth, se transformen en amor hacía Isara y ansía hacía su cuerpo."

Así pues los dos se concentraron en ese intimo y profundo amor que los ligaba a todos, y Arturo sintió que las las negras formas se agitaban con intensidad creciente. A la vez, también sintió que ese sentimiento, ese amor milenario, de alguna forma se transmitía a Zoth y que este nada podía hacer hacía la pareja que se besaba, ajena al drama que se estaba desarrollando en la oscura habitación.

Estaban venciendo, penso Arturo, con una chispa de alegría, pero al instante comprendio que no era así, las cosas no eran tan fáciles. Hyartagorzoth era un ser todopoderoso, que existía antes de que los zast fueran más que seres unicelulares, que pugnaban por sobrevivir y desarrollarse en un planeta árido y carente, casi por completo, de vegetación, y que sobreviviría cuando el universo se doblara sobre sí mismo, en un kaos de muerte y destrucción inimaginables. Zoth era eterno, y nunca había sentido nada parecido al amor, en realidad nunca había sentido casi nada, excepto ansía de poder, por lo tanto era muy complicado que un sentimiento como el amor, aunque fuera tan poderoso como el de Dormah o tan eterno como el de Arturo, hoyara hondo en su esencia. Evitaría que Zoth levantara la mano contra Isara y su novio, que aun permanecían en el portal, pero era imposible que una voluntad tan poderosa como esa les sirviera en sus propósitos. Hyartagorzoth no se doblegaría ante nada ni ante nadíe.

Todo esto pensó Arturo mientras se concentraba con todas sus fuerzas en un amor eterno, que parecía desquebrajarse por todos los costados, mientras que un sudor onírico le cubría el rostro intangible. Les estaba costando controlar a Zoth, este temblaba de rabia, por que quería asesinar a la pareja, lo deseaba con todas sus fuerzas, sentir su alma salir abruptamente de sus cuerpos.

Arturo creía que no iba a poder aguantar más, cuando Zoth se lanzó a la negra noche, estaba enfadado y furioso, consigo mismo y con el maldito cuerpo humano. Traspasó la ventana sumergiéndose en la noche, y la noche le tendió sus brazos y lo sostuvo en su regazo.

Arturo y Dormah habían ganado un asalto, pero Zoth no iba a quedarse de brazos cruzados, ansiaba un alma, y si no podia ser la de estos dos seres sería cualquier otro. Las sombras lo empujaron a toda velocidad por el negro cielo, sobrevolando los silenciosos edificios de la dormida urbe. Iba cavilando acerca de lo que le había ocurrido esa noche. No los había descubierto, pero sabía que algo raro estaba pasando, algo que de momento se le escapaba.

De pronto sus ojos se fijaron en una víctima, y Arturo y Dormah enseguida supieron que estaba condenada. Zoth voló cerca de los edificios, en la siguiente calle por la que el chico, seguramente, si no doblaba la esquina, había de pasar, oculto por las sombras de cualquier mirada no deseada.

Pero, por fortuna, dos fruteros estaban descargando un camión en ese instante, y Zoth no podía matar al chico en esas condiciones. Mas a Zoth le daba igual, en vez de matar al chico, mataría a los dos hombres. Así de simple, así de sencillo. Esperó a que el chico hubo pasado y entonces envió a sus sombras, Arturo y Dormah intentaron impedírselo, recurriendo al amor que sentían por Isara y por toda la raza humana. Fue imposible, la voluntad de Hyartagorzoth el Antiguo los barrió como si fueran dos simples motas de polvo. Esta no era Isara, y no tenía problemas para acabar con ellos. No había ningún vínculo que ligara el cuerpo que ocupaba (y a Arturo o a Dormah), con las dos personas que,charlando animosamente entre ellas, descargaban el camión.

Las sombras bulleron y danzaron en el aire y se lanzaron contra los dos hombres. Estos dejaron caer las cajas que portaban, debido a la sorpresa. Las sombras los rodearon y los atraparon, y los dos hombres se agitaron, infructuosamente, tratando de librase de ellas. No lo lograron, y, al final, la presión fue demasiado fuerte y los dos cráneos estallaron, esparciendo sus pedazos a los largo de toda la calle.

Arturo no lo pudo soportar y un llanto histerico se apoderó de él, en realidad, todo esto era por su culpa. Por su culpa y la del viejo Dormah, con su estúpido amor imperecedero. Unas figuras traslúcidas, de luz, surgieron de los cuerpos, pero las sombras los rodearon, como habían hecho con los cuerpos, y se los llevaron a través de la noche, a eones luz de donde se hallaban ahora.

Arturo comenzó a vomitar su dolor Era el dolor por las dos pobres almas, que sin razón alguna, se veían condenadas a un tormento horroroso e infinito, el dolor por el mismo, sujeto a un amor que le había impulsado a llamar a un ser diabolico y atemporal, sobre el cual no tenía ningún control.

A su vez, su cuerpo, el cuerpo en el que habitaba ahora Zoth, junto, aunque sin saberlo, a Arturo y Dormah, también comenzó a regurgitar, quizá en una reacción simpática con Arturo.

Arturo se quedó frío, frío y vacío, después de expulsar todo el dolor que desgarraba su alma. Ahora, cuando esta extraña sensación se frialdad y soledad, se apoderó de él, supo lo que debían hacer. Le llegó como un flash, quizá un flash divino, de alguno de los dioses que se oponían a Zoth, no lo sabía, y en realidad no importaba. Lo que importaba es que ahora, al fin, sabía lo que tenía que hacer. Se lo comunicó a Dormah. Este asintió, había comprendido.

No tenían mucho tiempo, así que se pusieron manos a la obra.

 

Las sombras atacaron, Zoth alzó sus poderosos brazos para defenderse de ellas. Las sombras golpearon a Zoth en el pecho y le lanzaron hacía atrás. La fuerza del impacto lo incrustró contra la pared lateral, llena de nichos, que se partieron y se resquebrajaron debido al tremendo golpe. El sonido del choque resonó en la sala con una fuerza arrolladora, que se incrustó en los timpanos de Zoth. Las blaquiazules e intangibles sombras se volvieron a lanzar al ataque, Zoth se acurrucó en el suelo, aun aturdido debido al tremendo impacto. Esta vez las sombras le golpearon en mil puntos diferentes, haciendo que todos los nervios, que no tenía, estallaran en llamaradas de ardiente dolor, entonces estas le rodearon y se apretaron contra él, ahogándolo. No podía vencerlas, no entendía que estaba pasando, pero el poder que alimentaba a estas sombres quizá fuera incluso más antiguo que él mismo. Pero eso era imposible, estaba dentro de un cuerpo humano, explorando una consciencia inferior, en busca de algún recuerdo entrometido. ¡Esto no podía estar pasando¡ pensó, frustrado, Zoth.

Pero entonces, cuando las sombras estaban en el memento álgido de su opresión, algo, quizá la parte de materia de la Gran Nada de la que surgió Hyartagorzoth, despertó en él. Y ese algo le dijo que era superior, que podía vencer, que tan solo tenía que creerselo. Y Zoth se lo creyó, era parte de la Gran Nada, había sido forjado a partir de ella, y ninguna sombra blanquiazul podría vencerle. Jamás.

Las venas del cuerpo intangible que era Zoth se incharon con una fuerza sorprendente, los brazos y las piernas, el tórax y el cuello, todos los musculos de ese cuerpo psíquico que habitaba temporalmente Zoth, hicieron fuerza hacía el exterior, destrozando sin remisión el capullo en el que las sombras lo habían envuelto, y que lo estaba asfixiando. Las sombras salieron disparadas en todas direcciones, debido a la tremenda fuerza ejercida por Zoth, y chocaron contra nichos y paredes, desapareciendo, como si las atravesaran.

Zoth se quedó con una rodilla incada en el suelo, estaba exahusto, y no se podía casi ni mover, pero la chispa de la Gran Nada (si es que era eso) que se había despertado en él, lo obligó a levantarse y a moverse. Quería atrapar a cualquiera que fuese el que había intentado doblegar la voluntad de Zoth el Descendiente De La Gran Nada, por que ahora estaba seguro de que había tenido que ser alguien, no sabía quien, aunque por la fuerza del ataque de las sombras, sospechaba de algún maligno y antiguo dios, alguien a quien ya se habría enfrentado con anterioridad, que, enterado de su estado de debilidad, le había atacado. No sabía que dios podía ser, ya que había muchos y Zoth estaba enemistado con la mayoría de ellos. No lo sabía pero lo descubriría. De eso estaba seguro.

Se lanzó a toda velocidad por la rampa que conducía hacía abajo, estaba seguro de que ya estaba cerca del final y aceleró el paso. Estaba enrabiado, le habían atacado y eso no podía quedar así.

Giró una esquina y entonces lo vio.

Era un inmenso templo negro, que se abría, imponente, en el suelo de la sima. Cuatro negras torres se elevavan, amedrantadoras, en la negra oscuridad, mientras que un fantasmagórico palpitar blanco azulado surgía de ellas. En el centro de ellas, una cúpula picuda, se abría, imponente y gigantesca, arropada por las torres. El palpitar en esta era brutal, tanto que hacía palidecer el de las torres, aquí era donde se concentraba la energía que alimentaba el horroroso sueño en el que se había introducido Zoth. Aquí estaban las respuestas a las preguntas por las que había arriesgado, aunque sin saberlo, su esencia inmortal.

Por un momento penso que lo mejor era no entrar, que en realidad no le importaba nada; encontrar las respuestas, controlar el cuerpo, conseguir almas. Por un momento no significaron nada, lo único que le importo, durante ese horroroso instante, fue huir. Alejarse del negro templo que parecía abarcar tota la estancia, que parecía abarcar todo en lo que se posara su vista. Fue un instante, después, la parte de su esencia que era la heredera de la Gran Nada, y que se había despertado hacía poco, se impuso y el miedo desapareció. Era un ser todopoderoso, era Hyartagorzoth El Heredero De La Gran Nada, y no se amedrentaba ante ningún ser, mortal o inmortal, mucho menos iba a hacerlo ante un simple templo, por muchos temores que despertara en su alma, ni ante los vagos recuerdo que encerrara, por mucho que el temible palpito que surgía de la cúpula le hiciera pensar más en algún temible poder contrario a él que en un vago recuerdo. Así que adelantó un pie insustancial, fue el primer paso y fue díficil, pero después de este vino otro y otro, y al final, se encontró encaminándose hacía la obertura, de la cual surgia, como no, un omniscente fulgor blanco azulado, que hacía las veces de entrada del irreal templo.

Apoyó una mano en el vano de entrada del templo, sintió la piedra fría, muy fría y rugosa, echó una ojeada al interior, pero no pudo ver nada, excepto el eterno resplandor, así que, sin darse oportunidad de recapacitar, se metió dentro de un salto.

 

 

Isara, Arturo, Nelveth, Dormah y Hyartagorzoth

 

Lo que vió Zoth cuando entro en inmensa estancia abovedada, no era ni mucho menos, lo que esperaba ver. Dos figuras estaban plantadas en la inmensa estancia vacía, como si estuvieran esperandolo. No eran dioses, y su poder era ínfimo. Eran simples mortales que se resistian a la muerte con una tenacidad asombrosa, pero no eran más que eso, mortales.

Zoth vió que uno de ellos pertenecía a la, hacía tanto tiempo extinta, raza zast. Era realmente impresionante que un mortal consiguiera, de alguna forma que el eterno Zoth aun no entendía del todo, hacer perdurar su esencia durante miles de siglos, tal y como parecía haber hecho este. Entonces zoth recordó quien era este zast, y recordó su nombre, Dormah, el que le había hecho conseguir, junto a su hembra, la victoria final y definitiva. El que, arriesgándose a si mismo y a su amada, había entrado en la profunda sima de los Azoshi y había llegado hasta el antiguo templo donde las negras sombras de Zoth se retorcían y gemían, presas de un dolor y sufrimiento eternos. Y ahora aquí estaba él, en un templo como el que una vez se levantara sobre el planeta Rozt, con un ser que durante un tiempo fue su mayor y mas glorioso sacerdote y, al lado de este, un humano, exactamente el humano que antes habitara el cuerpo que ahora poseia Zoth (un humano que en teoria tendría que estar en la Oscura Sima, alimentando su negro poder). Ahora si que comprendió, al fin, como había conseguido Dormah mantener viva la llama de su existencia. Comprendió, de que manera tan inteligente había burlado las barreras del tiempo, que arrastraban a su paso todo indicio de vida mortal, y entonces si que sintió el poder que emanaba de las dos figuras, plantadas en medio de la vacía sala. Y entonces si que sintió temor, por que, aunque no sabía cual era la fuerza que había impulsado a Dormah a resistir de esa forma tan antinatural el paso de tiempo (aunque, vagamente, la venganza se le perfilaba como un buen alimento para la ardiente llama que prendía, inconsumible, en su interior), si sabía que Dormah se había hecho a si mismo eterno y atemporal, como lo era el mismísimo Hyartagorzoth, y eso lo llenaba de un pavor terrible, puesto que no sabía realmente de lo que podía ser capaz Dormah. Por eso, debido al gran miedo que consumía su alma, Zoth buscó dentro de él las debilidades que, antaño, había tenido Dormah.

Una imagen se le presento rauda en la mente, la imagen de Nelveth, la amada de Dormah. Zoth, hizo lo unico que se le ocurría (pues ahora pensaba que Dormah era el brazo ejecutor, o bien de su propia venganza hacía él, o bien de la venganza de algun ser más poderoso, que había dotado a Dormah del poder de una semi-inmortalidad y utilizaba el odio que Dormah sentía hacía él para destruirlo), conjurar en esta estancia la esencia de la desaparecida Nelveth. Se concentró en el eterno cosmos y en la Gran Nada, mas allá de todo y de todos, intentó rescatar de ella la esencia de Nelveth, la joven Zast que murió terriblemente hacia tanto tiempo, miles y miles de esencias pertenecientes a miles y miles de hembras zast, todas ellas distintas y horrorosas, putrefactas y hediondas, pasaron ante sus ojos, y la corrupción y caos reinante en la eterna nada lo tranquilizó un poco, más no encontró lo que buscaba.

-Zoth –La voz de Dormah rugió, poderosa, en la sala, levantando ecos.

Hyartagorzoth se sobresaltó e interrumpió su búsqueda, miró a Dormah a los ojos, que parecían dos brillantes tizones que absorbían toda la desdichada luz que ante ellos se atrevía a pasar, y entonces supo en que se estaba equivocando, si Dormah era atemporal, quizá Nelveth también lo fuera. Entonces volvió a cerrar los ojos, haciendo caso omiso de Dormah y Arturo, y comernzó de nuevo la busqueda.

Esta vez, su consciencia no se dirigió tan lejos, y buscó en el planeta en el que había nacido Arturo, a partir de aquí, abarcaria el sistema solar, la galaxia, y todo el universo.

No hizo falta tanto, la encontró en el planeta natal de Arturo, estaba oculta bajo una esencia humana, en el subconsciente del cuerpo, pero para Zoth no fue problema encontrar lo que buscaba, una vez que lo supo.

Cuando la hubo encontrado la conjuró, quería traerla a la mente de Arturo, a su subconsciente, para utilizarla contra Dormah. Expandió su esencia, esta se extendió por el cielo y culebreo hacia su objetivo, se introdujo en la mente de la humana y obligó a Nelveth, sumida en un profundo sueño, a seguirlo. No había otra opción.

 

Cuando Zoth volvió a abrir los ojos había otras dos personas en la inmensa estancia, llenando un poco el vacío que la falta de mobiliario producía en ella. Una era Nelveth, y la otra debía ser la humana en la que estaba oculta Nelveth, que de alguna forma, y al igual que el desgraciado de Arturo había quedado irremisiblemente involucrada en la trama.

Entonces, Zoth vio que su plan había funcionado, pues Dormah cayó de rodillas al suelo, sollozando, mientras se llevaba las manos a la cara. Nelveth lo miró con dureza, más no dijo nada. Isara estaba frenética, pues nada comprendía, miraba hacía todos lados con los ojos abiertos como platos y una demencial luz brillando en sus pupilas. Arturo decidió acercarse hacía ella, para consolarla, y así, consolarse en parte el mismo. La rodeó con sus brazos, y, al principió, ella intentó liberarse, mientras tenues gemidos, horripilantes, surgían de su garganta, pero al poco, la presencía de Arturo fue acogedora, y Isara se resguardo en sus brazos, una extraña paz, distante e irreal, se adueño de los dos, que por un instante, saborearon la felicidad.

Y entonces, la fría armadura bajo la que se ocultaba Nelveth se rompió, y un grito, lleno de angustia y dolor, partió su garganta; esto fue, simplemente, lo que dijo:

-¿Por qué? ¿Por qué, Dormah, Por que?

Y entonces fue el turno de Dormah de emitir un gemido desgarrador, eel dolor, un dolor infinito y apabullante, le traspasaba y le cercenaba cada fribra de su esencia.

Se levantó y abrió los ojos, y el odio y el amor estaban prendidos de esa mirada, y, entremezclados de tal manera, que uno pensaría que para ese ser eran la misma cosa. Y Zoth, que hasta entonces había estado al mergen de la situación, viendo como se desarrollaban los actos, supo que era su momento de entrar en escena.

- Él me engañó, Nelveth –Dijo Dormah, y señaló a Zoth; Isara y Arturo lo observaban todo aun abrazados- Nos utilizó a los dos para lograr sus malditos propósitos, para aumentar su maldito poder. Nos llevó hacía nuestra propia muerte, sabiendo que no teníamos posibilidad de escapatoria, simplemente para que su negra sima se viera incrementada y su negro poder alimentado. Pero mi amor por ti, y un juramento eterno (así como un odio no menos eterno), me hicieron vencer a la muerte, Nelveth, y, durante siglos y siglos, preñados de dolor y sufrimiento, te he estado buscando, intentando encontrar tu amada esencia. Por tierras sin vida, y por parajes de terror, por verdes campos y por el negro vacío infinito, durante decadas enteras, en vagado en la oscuridad, solo, por que sabía, que al final del camino me esperaba una luz, Nelveth, tu luz. Durante tanto tiempo te he buscado, y ahora que por fin estas aquí, las palabras, durante tanto tiempo estudiadas, se me traban en la garganta.... Te quiero Nelveth, siempre te he querido, y siempre te querré, pero, tan solo puedo decirte, perdoname.

>>Perdoname por ser un estúpido y por no hacerte caso, perdoname por creer en un Dios Traidor y no creer en ti y en mi amor.

Entonces Dormah se llevó la palma de la mano abierta a los labios y capturó un beso, el ultimo beso, con un dulce ademan y con una expresión de eterno amor en los ojos, abrió la mano, en la que había atrapado el beso, y sopló, en dirección a Nelveth.

-Adios Amor mio- Dijo Dormah, las mejillas de Nelveth, así como las de Isara y Arturo, estaban anegadas en lagrimas de amor y dolor, de paz y comprensión -, ahora haré lo que tanto tiempo ha debí haber hecho.

- NOOOOOOOOOO –Gritó Nelveth, desesperada, pero Dormah ya no podía oirla

Zoth observaba la escena con un rictus de cinismo en los labios, rictus que se transformó en una mueca de terror, cuando vio lo que Dormah se proponía hacer.

Este después de despedirse de Nelveth comenzó una frenetica carrera hacía Zoth, y conforme Dormah iba avanzando metros, a su alrededor y detrás de él, iban surgiendo todas y cada una de las encarnaciones que le habían representado en uno u otro tiempo, en este o aquel mundo. Todas y cada una de ellas mostraban el mismo amor que Dormah exhibía en su mirada, y asimismo, también tenían la misma expresión de odio deformando sus facciones. Todos ellos gritaban con demencial frenesí, mientras avanzaban, en estampida, hacía Zoth. Este permanecía quieto, inmóvil, completamente paralizado por el horror que la tremenda masa de gente que se le avecinaba, despertaba en su interior.

Y entonces los cuerpos empezaron a brillar con un fulgor blancuzco azulado, que privó a Zoth de todo lo que le pudiera quedar de la Gran Nada, y que le hizo comenzar a gritar de terror, al tiempo que los gritos de Nelveth aumentaban un punto, y se les unían los gritos de los, ahora también horrorizados, Isara y Arturo.

Y entonces Dormah se lanzó contar Zoth, y lo mismo hicieron todas sus encarnaciones, emitiendo un salvaje aullido de triunfo. Y, durante un instante, todos estuvieron en el mismo lugar y a la misma vez, formando un todo confuso y remolineante. Solo fue un instante, por que después, un tremendo estampido de luz blancuzco azulada barrió la estancia, cegando instantáneamente a las tres personas que aun quedaban en pie en ella. Fue una explosión insonora, por lo que en todo momento se escuchaban los gritos de Nelveth, que al ocurrir la explosión se transformaron en sollozos.

Durante unos instantes, la luz quedó suspendida en la sala, como resistiéndose a marcharse, pero, enseguida, las sombras de la estancia hicieron presa en ella y la ahogaron con ávida oscuridad.

El silencio de la estancia tan solo era roto ahora por los desgarradores sollozos, que rebotaban en las paredes de la inmensa sala abovedada, como burlándose de ella de Nelveth, esta, con las manos en la cara, intentaba fútilmente calmar su eterna pena, durante tantos siglos hundida en las brumas del recuerdo, y que ahora surgía con renovada energía.

Arturo y Isara, desenlazaron sus cuerpos (que aun estaban unidos en un fuerte abrazo) y, cogidos de la mano, se dirigieron hacía Nelveth, y los tres se abrazaron. Permanecieron así mucho, muchisimo tiempo, y ninguno de ellos sabría decir cuanto.

Solo sabían que fue el tiempo suficiente, el tiempo justo, el tiempo necesario para que Nelveth dejara de lado la gran pena que sentía, para enfrentarse al una más cruel destino.

Y cuando Nelveth estubo preparada, se separó y les habló, mientras que ellos aun permanecían unidos

-Mi eterna existencia ha llegado a su fin – Dijo Nelveth, con una voz ahora tranquila, sin un matiz de miedo – Después de siglos enteros de sufrir en silencio y sin saberlo tan siquiera, ahora, al fin, el eterno descanso me es concedido. Me gustaría mucho poder darle las gracias a Dormah, por que ahora comprendo lo intenso que debe haber sido su sufrimiento, la desgarradora soledad, que, durante cada instante de su larga existencia, debe haberle acompañado. Ahora lo se, pero aun no he perdido las esperanzas de poder agradecérselo... En cuanto a vosotros, cuando despertéis, una nueva vida se abrirá ante vuestros ojos. Ahora, quizá, sentiréis más profundamente la soledad, por que ahora, realmente, estaréis solos. Dormah y yo nos habremos ido, y ya nunca más podremos aconsejaros. A partir de ahora, vosotros mismos tendréis que tomar las riendas de vuestra propia vida y tomar las decisiones necerarias, responsabilizandoos de ellas y de vuestros actos.

>>No puedo ver el futuro, aunque, presiento podéis llegar a alcanzar la felicidad por tanto tiempo negada...

>>Adiós, gracias....

Y Nelveth comenzó a desaparecer. El cuerpo de luz que la formaba, se comenzó a hacer más y más transparente, dejando ver cada vez con mayor claridad la pared detrás de ella. Se llevó la mano a los labios, y, al igual que hiciera Dormah, les lanzó un beso de despedida.

Arturo bajó su mirada, y vió, que él y Isara estaban desapareciendo a la vez que Nelveth, y, cuando el beso les llegó, un beso extrañamente sustancial, ellos también desaparecieron.

 

 

 

 

 

EPILOGUE

Arturo se despertó en su cama, con las sábanas revueltas, y empapado de sudor. Una expresión de intenso terror anidaba en su mirada. Se dirigió al cuarto de baño, para lavarse la cara y el cuerpo, y deshacerse así del rancio olor a sudor que emanaba de su persona.

Había tenido una pesadilla de lo más extraña, en ella un ser de otro tiempo (que estaba profundamente enamorado de una mujer) habitaba con él en su cuerpo, y juntos invocaban a un maldito dios de mas allá del tiempo y del espacio. Este era un ser terrorífico, que simplemente gozaba con la muerte de los demás y el consiguiente aumento de su poder. Al final, el ser que habitaba con Arturo, y gracias al amor que sentía por la mujer, conseguía destruir al Demonio en nuestro plano de existencia, ya que un ser como este, todopoderoso y atemporal, simplemente puede ser expulsado de un plano mortal hacía su negra sima, donde su materia y su esencia habitan en un negro torbellino de locura y horror, y nunca puede ser destruido.

Cuando se hubo lavado, el extraño sueño quedo olvidado en parte, como la oscura agua que se perdía por el sumidero. Tan sólo hizo falta un porro para que los restos del sueño, que se negaban a abandonar su cabeza, se mezclaran con la negra noche y se perdieran.

Cuando se lo hubo fumado se sintió mejor, se volvió a tumbar en la cama y se durmió, mañana le esperaba un día agotador, tenía un examen y tenía que descansar.

No le concedió mayor importancia al sueño, creía que no era real, y, en realidad, quizá no lo hubiera sido.

Al día siguiente se dirigió al colegio, y el sueño de la noche pasada no era ya sino un recuerdo en el subconsciente, que se retorcía con fuerza propia.

Todo fue completamente normal, todo, excepto una mirada. Fue una mirada directa e intensa, una mirada que evocaba desgarradores sentimientos dentro de Arturo, pero no apartó los ojos y sostuvo la mirada, y, en su corazón, una nueva esperanza y una nueva ilusión renacieron.

Y Arturo no relacionó esta mirada con el extraño sueño que había ocurrido la noche anterior, así como tampoco lo relacionó con la imposible muerte de dos fruteros que estaban descargando un camión, sobre la una de la madrugada de la noche anterior, en una calle de l’eixample de Barcelona.

No lo relacionó, y mejor era que fuese así, por que así era todo mucho más fácil, mucho más sencillo....

 

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