Artículo de opinión, publicado en El Norte de Castilla (viernes, 19 de febrero de 1999).
Aguilar de Campos
El siglo XVII fue nefasto para Castilla y León. Tiempo de calamidades agrícolas, sequías, riadas, granizos, heladas y plagas varias, langosta, pulgón y coquillo entre otras. Pero la peor plaga fueron, sin duda, las guerras que mantuvimos con toda Europa a un tiempo, chulos que éramos. Multitud de pueblos se despoblaron por entonces debido a ellas. Más que por las levas de soldados por los impuestos. Ya se habían inventado las quintas, que querían decir que cada cinco hombres aptos para el servicio militar el pueblo tenía que dar uno; pero lo verdaderamente terrible fueron los nuevos impuestos inventados para mantener toda aquella inútil maquinaria bélica. Los pueblos no se debilitaron por la falta de producción o de riqueza, sino porque con la falta de vecinos eran pocos los que tenían que pechar con los impuestos y salía carísimo. Era mucho mejor irse a una villa grande donde las obligaciones con la hacienda real quedaban mucho más repartidas y se tocaba a menos por barba.
Paradójicamente la esterilidad, la fatalidad de los tiempos y las ansias recaudatorias de las autoridades han servido para dejarnos preciosos documentos sobre la realidad cotidiana de hace trescientos años, como por ejemplo el número de clérigos, párrocos, beneficiados y canónigos que había en cada iglesia y lugar. Como de lo que se trataba era de que nadie se escapase sin cotizar, poco o mucho, quedaban varios censos del clero con nombre y apellidos de cada uno de los que fueron y patalearon lo indecible, alegando que eso de los impuestos era cosa mundana y laica que no iba con ellos. Que sí que va con vosotros , les dijeron, y les censaron y tuvieron que pagar, como todo hijo de vecino.
De esa época son los intentos de racionalizar los impuestos, si es que alguna vez ha habido impuestos racionales. De tales intentos y de las levas de soldados podemos extraer instantáneas perfectas y precisas de lo que eran nuestros pueblos, como por ejemplo Aguilar de Campos en 1693, cuando se pidió el encabezamiento de sus vecinos "poniendo al labrador por labrador y con qué labranza y los oficios con el que cada uno tiene y a los demás su ejercicio y calidad" Vamos, una especie de precedente del famoso catastro del marqués de la Ensenada.
Aguilar estaba dividido en cuatro barrios llamados cuartos, de San Pedro, Santa María, San Esteban y San Martín. Como todos se conocían sobraba dar nombres a las calles y las únicas referencias urbanísticas y de localización de los vecinos hablan de Mediavilla de arriba, Mediavilla de abajo, Barrial, calle Santa María, calle Bolaños, Plaza, calle de Bartolomé Rodríguez y calle y plazuela se San Pedro. Ya está.
Era un pueblo agrícola –que vamos a explicar sobre ello- del que únicamente escapaban ocho familias hidalgas que presumían de los apellidos San Martín, Villarroel, Huerga, Ramírez, Olea, Cifuentes y Mansilla. En la guía de teléfonos no queda ninguno, con lo que podemos pensar que en un tiempo dado, los hidalgos se fueron con sus blasones a otra parte y que los vecinos actuales de Aguilar son dignos sucesores de los pardillos de antaño y del estado general.
¿Qué era Aguilar de Campos en 1693? En principio una de tantas villas sometidas a las penalidades referidas. En 1670 decía: "Su corta vecindad, lo menoscabado de vecinos y caudales y falta de frutos que ha habido con la langosta, falta de agua y accidentes del tiempo ...". En 1630: "No se ha cogido el pan que se había sembrado" etc., etc. Banqueros y caseros decían: la eterna cantinela para no pagar la renta.
En 1670 se habla de que había perdido vecinos, que había menos que antiguamente. En 1693 se contaban ciento trece casas vecinales, fuegos, vecinos o cabezas de familia. En la guía de teléfonos de 1998 figuran ciento veintidós, con lo que andamos por ahí, por ahí, aproximadamente como hace trescientos años. Entre los oficios y empresas actuales tenemos farmacia, funeraria y el bar Mulero si no se me ha pasado nada de lo que se cita y siguen en 1999.
En 1693 no había funeraria. Había un tal Miguel Martín que hacía oficio de campanero y sepulturero. Por lo demás el tejido económico de la villa, como dicen las encuestas, estaba compuesto por aproximadamente un 65% de gente ligada al campo, un 37% con tierras en propiedad y el 28% de simples obreros y jornaleros sin una triste obrada que echarse a la espalda. El segundo colectivo en importancia eran los pastores, casi otro 10% y, sumados a los agricultores, cerca del 75% del total de los habitantes. Y después cinco pobres de solemnidad –lo que en lenguaje de la época vivían de pedir y no tenían donde caerse muertos-, tres albañiles, tres sacristanes, dos sastres, dos mesoneros y dos panaderos. El paisaje callejero se completaba con: tendero, barbero, carretero, cortador –carnicero-, cerrajero, herrador, herrero -herrador ponía herraduras y herrero arreglaba rejas de arado y azadones-, especiero –la cocina castellana abusaba enormemente de especias como la pimienta y el azafrán-, maestro de niños, tratante de carnes, zapatero remendón, médico, cirujano, escribano, hortelano, guarda del campo y guarda del ganado. Los restantes oficios necesarios, como el de alguacil, los hacían algunos de los anteriormente citados, que ya habían inventado el pluriempleo.
Los hidalgos eran un 7% del total de la villa y el estamento eclesiástico, con el arcipreste Juan Holgado a la cabeza y doce miembros, el 10% aproximadamente de los vecinos. ¿ De dónde se sacaba para dar de comer a esta gente? Evidentemente las tierras de labor, aradas y sembradas con la maquinaria de la época: mulas y bueyes. Unas veces se apuntan bueyes y otras veces un par. Si consideramos que el par son mulas y los bueyes, bueyes, el parque de maquinaria de Aguilar estaría compuesto hace trescientos años por sesenta y ocho mulas, treinta y nueve bueyes y dos yeguas.
No quedan apellidos hidalgos de los de antaño. Quedan los de la resistencia, los de aquellos que aguantaron, los de los hombres del común, también calificados como hombres buenos.
Anastasio Rojo Vega es profesor de Historia de la Ciencia de la Universidad de Valladolid.