PROLOGO

 

Hace dos milenios y medio las gentes del valle medio del Ebro iniciaron un proceso de incorporación a la historia mediterránea, adoptando numerosas formas culturales de los pueblos ibéricos asentados en la franja marítima. Luego, II a. C., el dominio de Roma no hizo sino acentuar inicialmente el proceso  de iberización,; de hecho, fue ese dominio el que permitió que diversas comunidades del Ebro medio, entre otras, acuñaran por primera vez moneda propia a partir de finales del siglo II a. C.. Probablemente la introducción aquí de la moneda en los circuitos económicos se produjo al mismo tiempo que la introducción de la escritura, o al menos de su relativa generalización. Fueron, por consiguiente, dos novedades históricas de enorme envergadura.

La mayor parte delos ejemplares seleccionados en la colección Arras riojanas pertenecen a esa primera fase  de la numismática regional. En ella, resulta ser significativo la combinación de matrices culturales distintas que encierran las emisiones. Por una parte, los topónimos o étnicos son célticos, las leyendas se escriben en caracteres ibéricos y los tipos decorativos recogen elementos del imaginario prelatino; por otra, el peso y la ley se ajustan al patrón semiuncial romano y las emisiones mismas fueron autorizadas porque servían a los intereses generales de Roma.

Lo particular y lo universal se combinan aquí de un modo especialmente curioso, pues las emisiones de cada ceca expresan en sí mismas una clara conciencia particularista, al tiempo que la homogeneidad de los tipos acuñados por todas ellas ponen de relieve que cualquier signo de identidad local en aquel momento sólo era posible ordenándolo bajo una referencia universal.

Después de las series “ibéricas” del medio Ebro llegaron las acuñaciones imperiales, las visigóticas o las medievales emitidas en diversos enclaves del actual territorio riojano, pero poseen un significado diferente a las anteriores. En ellas la expresión de lo particular o no existe o es mucho más débil que en las anteriores. Constituyen, eso sí, el aval claro de la definitiva pertenencia de nuestra zona a la Romanidad y, por tanto, a la general historia mediterránea y europea.

En todo caso, es más la dimensión cultural que la histórica, la que cabe resaltar en la presente iniciativa. Importa menos la problemática adscripción de algunas cecas a localidades actuales, que al hecho de que la selección aquí producida posea el mérito de acercarnos, cuando nos hallamos a punto de cambiar de milenio, a un valor patrimonial, a su vez milenario y muy poco conocido por la mayoría. Con ello se contribuirá, sin duda, a extender socialmente la conciencia de proteger, estudiar y fomentar nuestro patrimonio histórico.

 

                                                                                Urbano Espinosa

 

INTRODUCCIÓN HISTÓRICA

 

La moneda fue introducida en la Península Ibérica por los griegos, creando un instrumento de cambio necesario para los nuevos avances de la economía urbana. Las primeras acuñaciones aparecen hacia el año 400 a. C. En Ampurias. En la segunda mitad del siglo IV se suma a la producción de numerario la ciudad de Rhode. A partir de ese momento se produce una fuerte expansión por toda la Península, utilizando poco a poco el alfabeto ibérico, alcanzando después de la segunda guerra púnica al área tudetana e ibérica.

1.    Primeras acuñaciones en el Ebro medio.

Los romanos fueron los responsables de las primeras acuñaciones indígenas en Celtiberia. En el territorio riojano el hecho tiene lugar a fines del siglo II a.C.. La moneda era un elemento de prestigio para la ciudad a la que se concedía y para el grupo social dominante, pues supone integrarse en la vida económica del ámbito romano. Las emisiones se intensifican durante las guerras sertorianas  (80-72 a.C.) pero a pesar de ello nunca existió lo que hoy se entiende por economía monetaria, ya que el numerario sólo cubriría una pequeña parte del volumen de transacciones.

Villaronga cree que la causa de la aparición de estas acuñaciones es el retraso con que llegaba la moneda desde Roma, provocando la acuñación in situ para cubrir las necesidades de la conquista. Sirve también para pagar tributo a Roma y para que ésta remunere a los mercenarios a su servicio.

2.    Indigenismo y romanización.

Por tanto, los responsables de las acuñaciones indígenas fueron los romanos, que concedieron el privilegio a una serie de ciudades o comunidades de los territorios sometidos. Sin embargo, Roma se reservó el derecho de acuñar en metales nobles y sólo algunas ciudades fueron autorizadas a emitir en plata, aunque este caso no atañe alas cecas situadas en territorio riojano. Se observa una mayor concentración de talleres en aquellas zonas más conflictivas, por lo que se puede considerar que las acuñaciones surgen como respuesta a una estrategia política de atraerse la fidelidad de los pueblos, o de premiar sus servicios.

a)    El jinete lancero.

Las monedas de nuestra zona pueden incluirse en “la serie del jinete ibérico”; estas emisiones abarcan desde el Mediterráneo, atravesando el Valle del Ebro, para llegar al Oeste hasta territorio vacceo y por el Norte hasta la Narbonense. El tipo principal está constituido por una cabeza masculina en el anverso, con diversos símbolos. Los reversos varían, entre otras razones, según el valor de la moneda (los ases presenten un jinete lancero y los semises un caballo). Dentro del grupo se reconocen peculiaridades que permiten establecer áreas de influencia de unas cecas sobre otras. Esto ocurre con las de territorio riojano, que salvo algunas de identificación clara, las restantes se ubican aquí a partir de semejanzas comunes.

Tanto la forma como el peso de las monedas responde al patrón romano, cuyo peso fue disminuyendo progresivamente. Villaronga constata una evolución desde el as semiuncial de 14 gr. En torno al 169-158 a. C., o incluso más tarde, coincidiendo con los conflictos bélicos que culminan con el episodio de Numancia. El peso fue descendiendo después hasta alcanzar unos valores unificados en el Valle del Ebro, en el cambio de siglo, que se sitúa en torno a los 9 gr., pudiéndose considerarse como un patrón autóctono.

              b) Cecas prelatinas de territorio riojano.

Las cecas que se incluyen en La Rioja, según Beltrán, son Kalakorikos, Sekisamos, Letaisama, Metuainum, Uarkas, Uarakos y Teitiakos. De forma más dudosa, Lebiakos, Karalus y Roturkon. Hemos de tener en cuenta que no siempre se puede resolver satisfactoriamente a través de los epígrafes montéales la identificación geográfica de los talleres emisores de moneda. En el mayor número de casos, el criterio más empleado ha sido el parecido lingüístico del epígrafe con un topónimo antiguo o actual, apoyado en los hallazgos arqueológicos. Hay epígrafes a los que se puede atribuir un topónimo latino conocido, como por ejemplo Kalakorikos. Pero no todas tienen un emplazamiento cierto, recurriéndose a veces a criterios puramente numismáticos para su asignación a un centro determinado.

3.    Auge de la vida municipal.

El momento final de las monedas con rótulos ibéricos coincide con el inicio de las acuñaciones hispanolatinas, que son tuteladas directamente por la administración romana y y comienza como norma general, en torno a la fecha de la batalla de Munda, 45 a. C., aunque algunas ciudades acuñaron antes.

Bajo Augusto y Tiberio el número de cecas se reduce, pero su producción es mucho mayor. En La Rioja se constatan dos talleres: Calagurris y Graccurris. Las series de Calgurris surgen en el momento álgido de producción a partir de César, intensificándose con las guerras cántabras y manteniendo un gran volumen hasta Tiberio. Los tipos no difieren de los ejemplares de otras cecas de la Hispania Citerior. Presentan en el anverso la cabeza del emperador, laureada o desnuda bajo Augusto y siempre laureado bajo Tiberio. El epígrafe se distribuye por delante y por detrás del busto. Los reversos de los ases presentan un toro de perfil hacia la derecha (en los semises aparece una cabeza de toro de frente), junto a los nombres de los aediles y duoviri, responsables de las acuñaciones.

Tiberio impulsó las acuñaciones de las cecas existentes y promovió la creación de otras como Graccurris. La producción de esta ceca, a pesar de ser reducida, indica el desarrollo alcanzado por la ciudad y su inclusión en los circuitos económicos del Valle del Ebro. Además son prueba del cambio de status jurídico, pasando de ser oppidum a municipium. Los tipos de monedas producidas en la ceca de Graccurris sólo difieren de los descritos en Calagurris en un detalle: el toro aparece mitrado.

Aunque no tenido en cuenta por este catálogo, hay que resaltar que en Calahorra existió hacia el cambio de Era un taller monetario imperial. Era distinto a la ceca municipal y de él conocemos un precioso hallazgo consistente en un caldero y diversos troqueles de magnífica factura, que se conservan en el Instituto Valencia de Don Juan (Madrid).

4.    El Ebro riojano y los vascones.

En la primera mitad del siglo I d.C. terminan por desaparecer todas las acuñaciones de las ciudades hispanas, de modo que en el futuro el único circulante fue el que se emitía desde Roma o desde los talleres ubicados en otros enclaves, siempre bajo la directa autoridad imperial. Hay que esperar hasta el reino visigodo de Toledo en el s. VI para tropezarnos con nuevas acuñaciones realizadas en territorio riojano.

En el contexto de su campaña contra los Vascones, Leovigildo acuño moneda al menos en Libia y Turiaso. De nuevo, bajo Suintila, se conocen emisiones en Calahorra y Turiaso. Son ejemplares de “jornada”, pues la linea del Ebro medio constituyó en época visigótica la primera retaguardia de apoyo logístico en el permanente conflicto antivascón. En ese contexto, Leovigildo fundó Victoriacum (Vitoria) hacia el 581 y Suintila creó en 625/626 el enclave de Ologicus (Olite), ambos con claro fin estratégico.

5.    Monedas riojanas del medievo.

Las emisiones posteriores se producen ya en momentos en los que el espacio riojano queda plenamente imbricado en los reinos cristianos del Medievo. Hasta el siglo XI, las únicas monedas que circulaban en estos fueron las de procedencia musulmana, esto es, los dinares (llamadas por los cristianos mancusos) de oro y los dirhemes de plata y, en menor medida, las de procedencia carolingia. Serán precisamente el nacimiento y desarrollo de núcleos urbanos, la creación de mercados y ferias, la potenciación del Camino de Santiago, etc. Junto a los pagos de parias, en especial los realizados por la taifa de Zaragoza al reino de Pamplona, alguno de los factores que revitalizaron la presencia de circulante en el norte peninsular y los que hicieron necesario el amonedamiento propio. Ahora bien, mientras los musulmanes hispanos acuñaban oro y plata, los cristianos se limitaban de momento  a emitir una aleación de plata y cobre.

a)    Naiara: sede real.

En este sentido, se ha venido afirmando que Sancho III el Mayor fue el primer monarca hispano-cristiano que acuñó moneda en el reino de Pamplona, al que perteneció La Rioja hasta el año 1076. Para fundamentar este aserto, se ha presentado como suya una pieza de vellón (en plata y cobre), que hoy parece más seguro atribuir a Alfonso VII (1126-1157), quien mandaría acuñar hacia 1134-1136, con la leyenda IMPERATOR/NAIARA. Aún con ciertas dudas, esta postura puede defenderse porque, aunque no aparece el nombre del soberano, sí consta el calificativo IMPERATOR que, como se sabe, solía designarse a los monarcas de León. Además en el centro de la moneda aparece la figura del rey con el atuendo característico de las primeras década del siglo XII y en el reverso se ve una cruz patada sobre vástago con volutas, motivo frecuente en las monedas de la época.

Existe un único ejemplar en el Museo Arqueológico Nacional de Madrid, por lo que su importancia y valor es extraordinario. De aquí su presentación en este medio. Además, se conoce otro ejemplar de vellón procedente de Nájera, de difícil encuadre cronológica, con el epígrafe GARCIA REX/NAIARA, tal vez García el de Nájera (1035-1054). Estos dos ejemplos constituyen el grupo de monedas denominado Naiara.

En general, los vellones eran piezas pequeñas, de menos de dos centímetros de diámetro y de algo más de un gramo de peso, utilizadas para las operaciones mercantiles de escasa entidad. El oro y la plata procedente de las parias servía para transacciones importantes.

b)   El pujante burgo logroñés.

Finalmente, se presenta un dinero acuñado por Alfonso VIII en Logroño. Este monarca tuvo cierta vinculación con La Rioja. Sancho IV de Navarra (1150-1194) le arrebató el territorio riojano, para perderlo poco después, así como Álava y Guipúzcoa, cuyo dominio interesaba a Alfonso VII para unir las tierras castellanas con las de Aquitania.

En los siglos XII y XIII la presencia de material amonedado es frecuente en la Península Ibérica, en especial en la Corona de Aragón y Portugal, donde existe un comercio activo dirigido por una burguesía floreciente. Por su parte, en Castilla y León existía una nobleza y clerecía que explotaba el negocio lanero basado en sus ganados trashumantes. En ambos casos, cada vez fueron más necesarias las acuñaciones propias para cubrir las operaciones mercantiles que antaño se habían resuelto mediante el trueque.

 

                                                                        Pilar Rodríguez Martínez-Francisco Javier García Turza.