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A finales de la década de los cincuenta, con la irreversibilidad de las primeras expropiaciones, se producen también las primeras salidas de familias. Granadilla verá muy pronto el relevo de su párroco y, años más tarde. Dejará de tener médico titular.
El éxodo masivo siguió al inicio de los años sesenta, según iba creciendo el nivel del pantano y pagadas las expropiaciones de las sucesivas cotas, motivando la evacuación de más de noventa familias campesinas de Granadilla, Martínebrón y Arroyo Franco a los nuevos asentamientos promovidos por el Instituto Nacional de Colonización aguas abajo del río Alagón y hasta Coria. Villar de Coria, Puebla de Argeme, El Batán, Valrío, Saltalejo, Pajares de la Rivera, Rincón del Obispo y Alagón del Caudillo acogieron a los nuevos colonos asignándoles las 43.00 hectáreas puestas en regadío gracias al embalse de Gabriel y Galán.
Muchos sinsabores. Muchas penalidades. Muchas decepciones. Esa compañía fue la que tuvieron todos ellos hasta que, hartos de no ver cumplidas las promesas que tantas veces les dijeron para abandonar Granadilla, se vieron obligados a otra nueva emigración. Esta vez más lejos. Desde Alagón hasta las lejanas tierras vascongadas. El desarraigo total, forzado por la prepotencia de los que imponían el poder por encima de todo, a sabiendas de que nadie les protestaría, de que nadie se atrevería a discutir las tajantes órdenes impuestas desde los despachos, fue causa de muchos disgustos y, quién sabe, de algunas muertes causadas, además, por la pena e impotencia de no poder hacer nada ante todo lo que se
le venía encima a aquellas pobres gentes. Todavía resuena los exabruptos de aquel Ingeniero de la Confederación por las calles y los rincones de Granadilla...
¡Y que no quede ni una silla, ¿me entienden?!. De esa manera tan desagradable y
tan poco respetuosa con los débiles, que no corresponde a la grandeza que un
día tuvo la Villa, comenzó el abandono definitivo de Granadilla. Sus últimos moradores se fueron durante el año 1966, pero antes de ello pudieron llegar a ver
sus fértiles tierras de la Vega Baja inundadas por las sucesivas subidas del nivel de las aguas. Sus medios de vida desaparecieron permaneciendo solo el pueblo a flote, como una inmensa nave, formando una península de difícil acceso.
 
A través de una ventana se ven los restos orgullosos
de lo que un día fue hermosa chimenea. |
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