Intercatia

Aguilar de Campos (Valladolid)

 

NUMERO 1(SECCIÓN HISTORIA)

"LA CIVITAS VACCEO-ROMANA DE AMALLOBRIGA"

 

    A escasos metros de Tiedra, los pagos de La Ermita, Ceniceros, Alderete, Piedrahita y la Rana, guardan bajo sus tierras los restos de la "civitas" vacceo-romana de AMALLOBRIGA, zona que fue declarada en 1992, como Zona Arqueológica de Interés cultural, por la Junta de Castilla y León.

    A falta de una rigurosa excavación, los hallazgos fortuitos y la técnica de la fotografía aérea nos aportan datos de cómo era dicha ciudad.

    El emplazamiento ocupa el extremo elevado de un amplio espolón del borde del páramo de Torozos, dominando estratégicamente y visualmente una extensa zona de Tierra de Campos y la campiña del Duero.

    Ocupa una extensión de más de 15 has. A una altitud superior a los 810 m. Esta zona estuvo ocupada ininterrumpidamente desde la 1ª Edad del Hierro, cuando tribus que procedencia Halstática, que estaban procediendo a su sedentarización, se asientan en una media hectárea del pago de Alderete y sus laderas, la parte mas elevada del emplazamiento, a 827 m. de altitud, defendiendo el flanco contra el páramo con una muralla, en el Siglo VIII a. C.. Con posterioridad, los vacceos ocuparán y ampliarán la extensión del asentamiento.

    Los vacceos son el pueblo celtíbero que ocupa el valle del Duero occidental antes de la romanización. Son un pueblo agrícola y ganadero con una concepción colectiva de la propiedad de la tierra. No constituyen un estado y la sociedad estaba compuesta por un conjunto de comunidades unidas por un vinculo de sangre y vecindad, pues tenían un origen común, una misma lengua y religión, así como unos pactos que les comprometían ante sus dioses a actuar conjuntamente ante cualquier enemigo exterior.

    Su organización social se basaba en "gentes" y "gentilitates", pero a mediados del S. II a.C., existen dos prácticas que nos indican la evolución hacia una jerarquización social: la "devotio" y el "hospitium". Indico esto porque la "tessera hospitalitis" encontrada en Montealegre en 1987, hace referencia a los Amallobricenses.

    Los vacceos serán progresivamente conquistados por Roma, sufriendo profundos cambios en su cultura y sus formas de vida. El Inicio de la romanización en esta zona se produjo con las campañas de Lúculo el 151 a.C., pero aquí el ejército romano no tuvo que utilizar la fuerza, a excepción de algún ataque de Escipión, porque los vacceos proporcionaban trigo a Numancia.

    Aquí la conquista estuvo encubierta por razones políticas de defensa o de alianza y la misión fundamental de las legiones, fue la introducción de una organización política, económica y social diferente, que afectó a toda la comunidad vaccea y a sus costumbres, de un nuevo idioma: el latín. Puede asegurarse, que tras la caída de Numancia (133 a.C.) los vacceos pasan a formar parte del Imperio Romano.

    Uno de los aspectos más visibles de la romanización, fue la construcción de calzadas para comunicar entre sí las ciudades más importantes, para el traslado de las legiones y para desarrollar el comercio. Conocemos estas vías a través del Itinerario de Antonino: La vía 22 "ab Emerita Caesaraugusta" señala por donde discurría en esta zona: Albocela (Villalazán) – Amallóbriga (Tiedra) – Septimancas (Simancas). El Códice "Ravennate" indica otro camino que comunicaba Amallobriga con Intercatia (Aguilar de Campos)

    La dimensión de la "Civitas" de Amallobriga, supe-raba ampliamente las 10 Has. La inexistencia de condicionantes naturales dentro de este espacio, nos lleva a pensar, que todo el asentamiento sería espacio habitado con uno ordenación interna concreta. Se detecta la existencia de áreas diferenciadas, ya sea por razones de prestigio social, ya sea por razones funcionales. Existe también suelo no edificado en su interior, lo que nos lleva a pensar en una planificación urbanística avanzada, tanto si lo consideramos suelo "urbanizables" o espacios de uso público.  

    La diferente alineación de las barriadas, alejadas del centro, hace presumir, que el urbanismo indígena quedó fosilizado en esta zona, algo lógico si pensamos que la población seguía siendo mayoritariamente (quizá el 98 %) vaccea.

    En un momento determinado la extensión del caserío determinó el aterrazamiento de algunas de sus laderas. Las viviendas tenían planta cuadrangular, construidas sobre cimientos de piedra caliza con alzado de adobe.

    Tanto dentro del asentamiento, como en sus laderas, aparecen cenizales o ceniceros, que podrían ser vertederos de materia orgánica o bien deposiciones de gran volumen originados por grandes labores de reforma o reorganización urbanística del interior del hábitat, pues en ellos se recogen abundantes restos de cerámica celtibérica junto a restos romanos.

    En función de la diferente trama urbana podemos diferencias tres barrios en Amallobriga: El más extenso ocupa la parte central y meridional del asentamiento (entre el camino viejo de la Ermita y Alderete), donde ocho calles paralelas organizan la distribución de las viviendas entre los 25 m. que las separan. Al norte (a la derecha del camino viejo en dirección a la Ermita) se identifica un segundo barrio, que no ofrece evidencia de calles organizadas y donde los edificios tienen una orientación distinta a los del primer barrio. En un tercer barrio ( al principio del camino nuevo), se aprecian construcciones cuadrangulares sin orientación definida. La fotografía aérea no ofrece, por ahora, más datos.

    Para terminar, quiero indicar, que la catalogación de esta zona por la Junta de Castilla y León como Bien de Interés Cultural, significa una ambigua protección. Es frecuente ver por las inmediaciones a personas con detectores de metales, cuyo fin, es localizar monedas o bronces romanos, que tienen un alto valor en el mercado de antigüedades, pero que nos priva a todos, de un legado histórico, que nos pertenece e impide conocer nuevos datos sobre el pasado de Amallobriga. Protejamos nuestro patrimonio, y evitemos el expolio de unos desaprensivos, que por lucro personal, realizan actividades penadas por ley. La mejor solución para terminar con estas actividades, es la denuncia inmediata de los hechos a los agentes de la autoridad.

 Autor Nunilo GatoRevista “ El Tayo”

 

 

 

 

Descripción de la Celtiberia de Estrabón

 

Estrabón, Geografía.III.4.10-15

    § 10. Tal es todo el litoral desde las Columnas hasta la frontera entre Iberia y Céltica. El interior -digo el país por dentro (al Sur) de los Pirineos y del lado Norte de Iberia hasta los Astures- está bordeado principalmente por dos cordilleras. De ellas una corre paralela con la Pyrene empezando por los Cántabros y terminando en el Mar Nuestro. Esta Sierra llaman Idubeda. La otra cordillera va desde el medio (de la costa) hacia el Oeste (Sur) y tuerce hacia el Sur (Oeste) y el litoral que empieza con las Columnas. Esta cordillera en su principio es baja y desnuda atravesando el Campo Espartario, después se junta con la sierra con bosques que está sobre Cartago (Nova) y la región de Malaca. Esta sierra se llama Orospeda. Entre la Pyrene y la Idubeda corre el Ebro, siendo paralelo a ambas sierras y recibiendo sus aguas por los ríos que bajan de allí (de las dos sierras) y por otras aguas. En el Ebro está la ciudad Caesaraugusta y la colonia Celsa, que tiene un paso por un puente de piedra. Este país está habitado por varias tribus, de las que la más conocida es la de los Iaccetanos. Esta tribu empieza por las estribaciones del Pirineo y se extiende por los llanos (del Ebro) llegando hasta la región de los Ilergetes alrededor de Ilerda y Osca, no lejos del Ebro. Sertorio, después de haber sido expulsado de la Celtiberia, hizo su última guerra en estas ciudades y en Calagurris, ciudad de los Vascones, y en el litoral de Tarraco y Hemeroskopeion, muriendo en Osca. Y más tarde en la región de Ilerda Afranio y Petreyo, los generales de Pompeyo, fueron vencidos por el dios César. Ilerda dista del Ebro, hacia el Oeste, 160 estadios; de Tarraco, hacia el Sur, 460 estadios; de Osca hacia el Norte, 590. Por esta región va la vía que conduce de Tarraco a los últimos Vascones que están junto al Océano con Pompaelo y *Oiasona, la cual está en la costa del Océano. La vía va hasta la frontera misma entre Aquitania e Iberia teniendo una longitud de 2.400 estadios. En el país de los Iaccetanos Sertorio combatió contra Pompeyo, y más tarde Sexto, hijo de Pompeyo, contra los generales de César. Al Norte de la Iaccetania está la tribu de los Vascones con Pompaelo, lo que significa “ciudad de Pompeyo”.

    § 13. De los Celtíberos mismos, que están divididos en cuatro partes, los más fuertes son los Arévacos, que están hacia el Este y Sur y lindan con los Carpetanos y las fuentes del Tagus. Su ciudad más célebre es Numancia. Los Numantinos enseñaron su valor en la guerra Celtibérica contra los Romanos que duró 20 años. Porque muchos ejércitos fueron aniquilados con sus generales y por último los Numantinos murieron por hambre con excepción de unos pocos que entregaron la ciudad. Por el Este (de Celtiberia) están los Lusones, que igualmente llegan hasta las fuentes del Tagus. A los Arevacos pertenece también Segida y Pallantia. Numancia dista 800 estadios de Caesaraugusta, que según hemos dicho está situada en el Ebro. También Segóbriga es ciudad de los Celtíberos y Bílbilis, alrededor de las cuales Metelo y Sertorio combatieron. Polibio describiendo las tribus y ciudades de los Vacceos y Celtíberos, nombra entre sus ciudades también a Segeda e Intercatia (Aguilar de Campos). Dice Posidonio que Marco Marcelo había logrado en la Celtiberia un tributo de 600 talentos, por lo que resulta que los Celtíberos eran numerosos y tenían bastante dinero a pesar de que habitaban un país pobre. Diciendo Polibio que Tiberio Graco tomó 300 de sus “ciudades”, (Posidonio) dice, burlándose de él, que el hombre (Polibio) ha dicho esto para complacer a Graco, llamando a las torres “ciudades”, como es costumbre en las pompas triunfales. Y quizá con esta crítica Posidonio tiene razón. Porque los generales y los historiadores fácilmente se dejan llevar de tales mentiras exagerando sus hazañas, ya que también los que atribuyen a los Iberos más de 1.000 ciudades me parece que han sido llevados a tal mentira llamando las aldeas grandes “ciudades”. Porque ni la naturaleza del país admite muchas ciudades por su pobreza y lejanía y falta de cultura, ni la vida y las hazañas de los habitantes admiten nada de esto con excepción de los habitantes del litoral del Mar Nuestro, siendo salvajes los que viven en aldeas. Tal es la mayor parte de los Iberos. Y hasta las ciudades no alcanzan fácilmente civilización, cuando son más numerosos los que habitan los bosques y hacen daño a sus vecinos.

    § 15. Casi todos los Iberos, por así decir, combaten como peltastas, armados a la ligera por su bandolerismo, como dijimos de los Lusitanos, usan jabalina, honda y puñal. Con los infantes está mezclada también la caballería, siendo los caballos adiestrados en subir sierras y arrodillarse con facilidad, cuando esto hace falta y se les manda. Produce la Iberia muchos corzos y caballos salvajes. Y hay en algunos sitios lagunas con muchas aves, es decir cisnes y otros pájaros parecidos. Hay también muchas avutardas. En los ríos hay castores, pero su castóreo no tiene la misma calidad como el del Mar Negro, siendo propia al castóreo póntico su importancia medicinal, como sucede también con muchos otros productos. Porque según Posidonio sólo el cobre de Chipre produce la cadmea, el vitriolo azul y el arsénico blanco. Propio de Iberia según Posidonio es también que las cornejas ibéricas no son negras y que los caballos de Celtiberia siendo grises cambian tal color si se los lleva a la Hispania exterior. Dice que son parecidos a los de la Parthia, siendo más veloces y de mejor carrera que los demás.

 

 

Desde la expulsión de Cartago a la caída de Numancia (202-133 a. E.)
Apuntes sobre la historia de Celtiberia
 

La victoria latina frente a Cartago en la Segunda Guerra Púnica (218-201 antes de la Era1) modificó la situación geopolítica en el Mediterráneo, afectando a los pueblos de la Península Ibérica, escenario del conflicto púnicorromano. Mientras Aníbal trató de trasladar a Italia su campo de operaciones, Roma optó por cortar el abastecimiento desde Hispania, principal bastión púnico. De tal modo, en otoño del 210 Publio Cornelio Escipión retomó la misión de su tío Cneo y su padre Publio y sumó victorias hasta lograr la expulsión cartaginesa del solar hispano. El último baluarte bárquida, Cádiz, negociará en 206 su rendición; y en 201, batido Aníbal en retirada, Escipión añadió a su nombre el victorioso apelativo de Africano.

A partir de este momento, Hispania fue considerada, en elocuentes palabras de Cicerón, «botín del pueblo romano», y como tal fue tratada. Según J. Manuel Roldán, «[la conquista en sus comienzos] Estuvo privada de un mínimo de coherencia y de cualquier rudimento de construcción de un orden político y jurídico. Su consecuencia será un casi continuo estado de guerra, confuso y sangriento, cuya única salida posible se creyó ver (...) en el aniquilamiento físico del enemigo, sobre cuyas cenizas, tras medio siglo de enfrentamientos, se levantará el edificio de una rudimentaria organización provincial».

Permanecer en Hispania fue para Roma fruto de la inercia, una consecuencia natural tras la Segunda Guerra Púnica, nada planificado de antemano; pero, para los moradores del país, cuyo auxilio fue definitivo en la expulsión de los púnicos, la inopinada residencia latina fue entendida como un cambio de amo. No se equivocaron: la relación entre Roma y los indígenas se basó únicamente, durante la etapa republicana, en una desigual prueba de fuerza. Sin principio de administración preconcebido ni intención de comprender las realidades preexistentes, el fin exclusivo que mantuvo a los romanos en Hispania fue el expolio.

«La conquista en Hispania fue siempre convulsa, espasmódica, sujeta a menudo al capricho particular de los gobernadores y de consecuencias humanas catastróficas para sus gentes»

Ausentes los planes estabilizadores, el Senado romano se reveló incapaz de diseñar una administración específica para Hispania (con gran amplitud territorial, inexistencia de fronteras interiores y alianzas constantes entre sus pueblos); y abandonó toda iniciativa de gobierno al criterio de los gobernadores de turno. Con las manos prácticamente libres, el interés de éstos no se basó tanto en la acumulación de riquezas en beneficio propio -pingües, con todo-, sino en la posibilidad cierta de ganar gloria militar para exhibir: era éste un requisito imprescindible en vistas al éxito de toda carrera política brillante.

Por tanto, la guerra fue el recurso exclusivo de Roma, una actitud endémica; y, ante la ausencia de una política senatorial de anexión lógica y programada sobre bases jurídicas -capaz de articular el heterogéneo mosaico social, político y cultural de los pueblos autóctonos-, la progresión de la conquista en Hispania fue siempre convulsa, espasmódica, sujeta a menudo al capricho particular de los gobernadores y, obviamente, de consecuencias humanas catastróficas para sus gentes.

De Cartago al consulado de Catón (202-195 a. E.)

En estas circunstancias, no resulta extraño que los veinte primeros años de la conquista consistan en una espiral interminable de levantamientos, seguidos de una durísima represión. Roma se había ocupado hasta el momento de sus grandes intereses en oriente y Grecia, en pos de una construcción imperialista que rápidamente estaba alcanzando escala mediterránea. El Estado, pues, no había prestado especial atención a Hispania; pero en el año 197 -momento de la división administrativa de ésta en dos provincias, Citerior y Ulterior- estalló una revuelta gravísima en todo el territorio, generándose una situación inquietante, con serias pérdidas militares para Roma. Ante el peligro, la República, esta vez sí, envió a uno de sus dos cónsules: Marco Porcio Catón llegó a Hispania en el año 195 para dirigir a un ejército impresionante que, en total, contaba con unos setenta mil hombres.

Tras aplastar sin contemplaciones la revuelta indígena en el noroeste, el cónsul exhibió su formidable fuerza en una ostentosa demostración de poder; y se adentró desde la Ulterior hacia la Meseta con la intención preventiva de impresionar a unos pueblos aún mal conocidos: los celtíberos. No habiendo conseguido que abandonasen su auxilio a los turdetanos, Catón hostigó a aquéllos en su territorio, en Sigüenza y -de creer a Aulo Gelio- realizando escaramuzas cerca de Numancia.

La huella del inefable Catón se ubica, sin duda, en el camino del imperialismo que Roma había comenzado a recorrer. Con aquél, en efecto, concluyen los ensayos y comienzan las directrices: el futuro «Censor» impuso el control total sobre los territorios ya sometidos al ámbito de acción romana, en vistas a la explotación de los recursos nativos, exigiendo la entrega incondicional y la destrucción de las fortificaciones. Con una acción miope e inane -sin reorganización alguna del sistema económico, sin intento de aumentar la producción, sin la dotación de marco jurídico suficiente- el cónsul se limitó a imponer tributos gigantescos y a sentar las bases para estabilizar manu militari las fronteras existentes en orden a protegerse de los pueblos exteriores a ellas. Desde Catón, en fin, con el sistema oligárquico de la nobilitas gobernando Roma, Hispania se entenderá desde el Senado como un bien homogéneo que deberá ser defendido para lograr beneficios sin sobresaltos.

Celtiberia convertida en frontera (195-180 a. E)

Con los desmembramientos territoriales, la sangría de hombres y los tributos, los conflictos indígenas menguaron en la zona conquistada; pero se complicaron los problemas fronterizos. Ahora entran en escena, propiamente, lusitanos y celtíberos.

Durante este periodo las dos provincias hispanas sufrieron intensamente la acción bélica; y ambos pretores actuaron de ordinario en operaciones combinadas. Así, en 192, mientras Cayo Flaminio, pretor de la Citerior, se ocupaba de los conflictos en tierra de oretanos, su colega Fulvio Nobilior derrotaba en Toledo a una confederación de vacceos, vetones y celtíberos. En 190 Lucio Emilio Paulo -futuro vencedor en Pydna de Perseo de Macedonia- sufrió para doblegar la connivencia de algunas plazas del Guadalquivir con los lusitanos: ya en 193 éstos habían saqueado la fértil vega. Paulo consiguió conjurar el peligro en 189 y pacificar su frente.

En 188, Lucio Mancio Acidino, pretor de la Citerior, tuvo que vérselas con muy serios problemas en la frontera noroccidental, concretamente en la zona de Calahorra: allí debió derrotar a doce mil celtíberos. Al tiempo, en la Ulterior, Cayo Atinio murió en la ciudad de Asta al tratar de abortar una ofensiva lusitana que contaba con el decidido apoyo de los indígenas del valle. La grave situación general de Hispania forzó una petición de refuerzos a Roma justamente cuando se firmaba el Tratado de Apamea, que daba fin a la guerra contra Antíoco de Siria. El Senado, pues, tenía las manos libres en oriente y podía dedicarse a los asuntos peninsulares.

Lo hizo. El Gobierno envió auxilio e intensificó su castigo sobre las fronteras. Los dos pretores del año 186, Quinctio Crispino y Calpurnio Pisón, actuaron conjuntamente contra la Carpetania, donde se enfrentaron con éxito a más de treinta mil celtíberos. En los años 184 y 183 Terencio Varrón continuó esta política fronteriza, dando batalla a celtíberos y suessetanos.

Por lo tanto, en atinada observación de Francisco Beltrán, ya en el año 182 la situación había dado un giro evidente. Roma había consolidado bien su poder peninsular penetrando por el valle medio del Ebro -hasta la altura de Zaragoza- y hasta el valle medio del Tajo a través de La Mancha. De tal modo, ya sin focos interiores de resistencia en las zonas conquistadas, la región de la Celtiberia se había convertido en el centro de inestabilidad de la provincia: era, de hecho, la nueva frontera de Hispania Citerior. A partir de ahora los celtíberos ya no pelearían fuera de su terruño en auxilio de unos u otros vecinos: iban a sufrir durísimas ofensivas contra su propio solar patrio y, por fin, una atroz guerra de conquista.

En 182, la negativa romana de repartir tierras entre los indígenas motivó una indignada contestación de los celtíberos lusones, que se pusieron en pie de guerra. Fulvio Flaco, pretor de aquel año, ascendió desde Carpetania a Celtiberia, sitiando una ilocalizada Contrebia (¿cerca de Daroca?). La ciudad pidió auxilio a sus vecinos, que se demoraron a causa de las lluvias. El romano se refugió adentro, tendiendo una trampa a los sorprendidos celtíberos que allí acudieron y causando una carnicería. Después, Flaco recorrió las tierras de los lusones, arrasando sus campos y ciudades a sangre y fuego. En el año 181, excitado por el éxito, se adentró contra los celtíberos del Alto Duero; y, de regreso, obtuvo otra victoria en el Saltus Manlianus, el valle del Jalón, donde se salvó de una comprometida emboscada.

Finalmente, en 180, el pretor tuvo prisa en declarar pacificada la Celtiberia y regresar a Roma: recibió el triunfo, ingresó ingentes cantidades en las arcas públicas, recompensó a sus soldados y erigió un templo consagrado a la Fortuna Ecuestre.

La labor de Tiberio Sempronio Graco (180-179 a. E.)

Con calma en la Ulterior y la Citerior, Roma entendió que se habían alcanzado las fronteras donde limitar su actuación. En tal tesitura, Tiberio Sempronio Graco -padre del célebre tribuno de la plebe- fue designado gobernador en el año 180, siendo su colega en la Ulterior Lucio Postumio Albino. La intención coordinada de ambos era la pacificación, tras fatigosas -aunque muy rentables- décadas de guerra.

El proceder de Graco evidencia un grado de entendimiento de la situación sociopolítica y del carácter de Celtiberia, esa región del interior peninsular que geográficamente comprendía, grosso modo, al Sistema Ibérico y sus aledaños. De robusta personalidad (su rotunda raigambre céltica en lengua, espíritu y religión aparece combinada con rasgos propiamente mediterráneos, como la escritura. De tal suerte que ese carácter mixto de su cultura explica el término de «Celtiberia» que los autores griegos y latinos acuñaron para definirla, pues ignoramos cómo se llamaban los celtíberos a sí mismos), consta en nuestras fuentes escritas y arqueológicas articulada, al menos desde el siglo III a.E., como un conjunto muy dinámico de incipientes ciudades-estado autónomas, dotadas de senados y con entidad para realizar actos jurídicos entre sí, cuyo grado de evolución varía discorde. Como órgano rector de la vida política y social, la ciudad jerarquizó el paisaje; y consistió en una entidad amplia que comprendió el núcleo urbano, el espacio aledaño y enclaves menores de todo tipo. Sin embargo, la colisión con Roma colapsó drásticamente este proceso alevín de vertebración politana, ya incoado, a la par que agigantó las ya de por sí agudas convulsiones sociales connaturales a tal dinámica.

No iba a tardar Graco en comprobarlo de uisu: la pacificación de Flaco era un espejismo, pues el nuevo pretor debió rendir a un enorme número de plazas celtíberas -300, a decir de Polibio, si bien no todas con categoría de ciudades- e imponerse en varias batallas campales. Obtuvo sonoros éxitos en Ercavica (Castro de Santaver) y cerca del Moncayo, levantó el sitio al que los celtíberos tenían sometida a la filorromana Carauis (Magallón), y doblegó a la ilocalizada Complega.

El pretor culminó una inteligente gestión con una paz real. Intentó afirmar las fronteras mediante una cabal política de pactos y alianzas, no con la represión. Las cláusulas fueron duras, empero, según la política exterior propugnada por Roma: los vencidos deberían dar auxiliares al ejército republicano, pagar tributos y no edificar nuevas ciudades. Sin embargo, como se ha dicho, Graco supo darse cuenta de los graves problemas sociales de los celtíberos y obró en aras de una estabilidad política posterior, contrapesando las citadas exigencias. Así, instaló en Complega a gentes desposeídas, y repartió tierras de cultivo entre la población; y lo mismo haría en la ciudad que él mismo fundó y que perpetúa su nombre: Gracchurris (Alfaro).

Graco dejó tras de sí una imborrable reputación de prudencia y equidad. Los pactos cerrados con él fueron recordados como ejemplo de tratos justos, a pesar de su rigor; y, frente a la codicia de quienes le sucedieron en el cargo, los celtíberos invocaron siempre el recuerdo de la gestión de aquel romano. El Senado le concedió el triunfo en el año 178.

Tregua de Graco (178-155 a. E.)

Durante los veinte años siguientes, Celtiberia permaneció en tregua. Se sabe que ésta fue rota en 175, pues Claudio Centón hubo de contener una gran revuelta. Y en el 170 quedó frustrada una pretendida sublevación a causa de la misteriosa muerte de su instigador, Olíndico, un personaje que -como ha demostrado Francisco Marco- se presenta dotado de inequívocas características druídicas. Por lo demás, la pérdida de los libros de Tito Livio a partir del año 166 nos priva de información hispana hasta el 154, momento en que Apiano inicia su documentado discurso.

En fin, este tiempo supuso el deterioro irreversible de las frágiles bases sobre las que se sustentaba el esfuerzo de Graco, que se resquebrajaron hasta llegar a la confrontación bélica definitiva, que estalló simultáneamente en el año 154 en tierras celtíberas y lusitanas.

Los inicios de la Guerra Numantina (154-144 a. E.)

Las palabras del historiador griego Polibio, testigo presencial de la capitulación de Numancia en el año 133, ilustran sobre el carácter de esta contienda:.

«Guerra de Fuego es llamada la que los romanos hicieron contra los celtíberos. Extraordinaria fue la naturaleza de esta guerra, así como la ininterrupción de sus encuentros. Pues las guerras de Grecia y de Asia suele terminarlas generalmente una sola batalla; raras veces dos; y las mismas batallas suele decidirlas un solo momento, el del primer ímpetu y ataque de las fuerzas. Pero en esta guerra sucedió todo lo contrario. Pues la mayor parte de las batallas las terminaba la noche; y los hombres resistían animosamente sin que sus cuerpos cediesen a la fatiga, sino que desistiendo de retirarse, como arrepentidos, renovaban la lucha. Y apenas el invierno suspendió esta guerra y la serie ininterrupida de sus batallas. Realmente, si alguien quiere imaginarse una guerra de fuego, que no piense en otra guerra sino en ésta».

(Polibio, XXXV, 1).

La causa del conflicto surgió en Segeda (Durón de Belmonte), ciudad de los belos que, pretendiendo reunir a la población de su entorno, decidió ampliar su perímetro urbano y su muralla. Roma entendió que se violaban los tratados de Graco, los celtíberos replicaron que en aquéllos sólo se prohibía construir nuevas ciudades y no la ampliación de las ya existentes: el Senado declaró la guerra.

Se encomendó la campaña al cónsul Fulvio Nobilior; y, por vez primera en la historia, los cónsules juraron su cargo el 1 de enero en lugar del 15 de marzo, con objeto de llegar en primavera, prolongando la estación apta para la lucha. A partir de entonces, esta fecha marcará el comienzo del año. Los segedenses, atemorizados, huyeron a territorio arévaco y recibieron el cobijo de Numancia: de este modo la ciudad -fuera de la frontera y libre, recuérdese- y el entorno arévaco fueron arrastradas irremisiblemente a la guerra. El 23 de agosto de 153 Nobilior fue derrotado en campo abierto, tan estrepitosamente que ningún general romano volvió en lo sucesivo a plantear batalla alguna voluntariamente en esa fecha. Inmediatamente, el romano volvió al intento. Los celtíberos aprovecharon la presencia de elefantes en las filas latinas: heridos, los paquidermos se volvieron contra la tropa de Nobilior y los indígenas causaron graves bajas a la fuerza consular.

La situación en Celtiberia era grave, y a pesar de que las leyes prohibían repetir el consulado sin que trascurriera un lapso de diez años, Claudio Marcelo fue elegido por tercera vez para ocuparse de este asunto. En 152 rindió a Ocilis (Medinaceli) y Nertobriga (La Almunia o Calatorao) y, antes de firmar la paz, envió una delegación de titos, belos y arévacos a Roma, pues los tres populi celtíberos no coincidían en sus aspiraciones. No hubo acuerdo tampoco allá, pues la mayoría de los senadores deseaba la completa sumisión enemiga y ninguna componenda; pero Marcelo, acampado frente a Numancia, forzó finalmente la paz, también con la diplomacia: en 151, los celtíberos se rendían y eran renovados los pactos de Graco. La República aceptó y hubo paz hasta el 143.

Su sucesor, Lúculo, sin poder guerrear en Celtiberia, ávido de riqueza y gloria, sin mediar provocación y por cuenta propia, atacó a los vacceos, pueblo ajeno hasta entonces a cualquier conflicto. La toma de Cauca (Coca), donde acuchilló a toda su población, y la devastación de la campiña de Palencia y de Intercatia por simple afán de lucro son tildadas por las propias fuentes romanas como pérfidas e infames. Su conducta le valió un proceso: el botín obtenido le libró de él.

Caída de Numancia: fin de la entidad Celtiberia (143-133 a. E.)

Celtíberos y vacceos rompieron de nuevo las hostilidades en el año 143, soliviantados y animados por la actividad armada y diplomática de Viriato. Hispania se convertía en el principal marco bélico del ecúmene romano, pues en ella se libraban dos guerras a la par: contra lusitanos y contra celtíberos. Comenzaba el último capítulo de la conquista de Celtiberia.

Numancia resistió los ataques de los cónsules Metelo (143 a.E.), Pompeyo (141) y Lenate (l39). Mancino también fracasó en 138, pero corrió peor suerte: sorprendido por los sitiados, quedó acorralado y debió rendirse. El tratado que los celtíberos le ofrecieron, en pie de igualdad, pasó a los anales como ejemplo de desastre y deshonor: el Senado rechazó de plano el trato, entregando al general desnudo y maniatado a los numantinos que, en un gesto propio del carácter celtibérico, declinaron aceptarlo. Emilio Lépido (137), Furio Filón (136) y Quinto Calpurnio Pisón (135) no se arriesgaron a sufrir el destino de Mancino. De hecho, Numancia gozó de tres años reales de tregua: los ejércitos romanos, ignorándola, se limitaron a cumplir confusos objetivos en tierras vacceas.

La pertinaz resistencia de la ciudad arévaca se había convertido en una pesadilla para los ciudadanos susceptibles de reclutamiento, en un insulto al orgullo de la República y en un escaparate de la ineptitud militar. La guerra numantina, en efecto, manifestaba con detalle las incongruencias del proceso que había convertido a Roma en cabeza del orbe, sin una paralela adecuación de sus estructuras políticas sociales y económicas para ello: en Celtiberia, los ejércitos inexpertos y mal adiestrados -que diletaban entre la relajación y el pánico- se sumaban a una confusión de tácticas y contradicción de criterios en el mando, como consecuencia del cambio anual de comandantes, fruto a su vez del desmoronamiento de la oligarquía senatorial, escindida en numerosas tendencias.

La facción belicista de Escipión Emiliano -vencedor de Cartago en 146- consiguió que éste asumiera el mando en condiciones excepcionales. Ya en Hispania, Escipión impuso una disciplina férrea en la milicia, colapsó el suministro terrestre y fluvial de Numancia, eliminó a todos sus posibles aliados, impuso un sitio absolutamente implacable y rindió a la ciudad por hambre pura: todo ello en el plazo de quince meses. Los escasos supervivientes que no optaron por el suicidio, tras haber llegado a comer carne humana, se entregaron. Escipión, ahora llamado Numantino, aplicó los preceptos de política exterior que ya utilizó en Cartago: después de reservarse 50 prisioneros como adorno de su carro triunfal, vendió al resto como esclavos, arrasó la ciudad hasta los mismos cimientos y repartió las tierras. Una comisión de diez senadores reorganizó el territorio ese mismo año: Celtiberia quedaba anexionada a la Provincia Hispania Citerior y desaparecía como referencia histórica independiente.

Gabriel Sopeña Genzor. Doctor en Filosofía y Letras

Trébede – Mayo 2000

 


 

Valerius Maximus

Valerius Maximus es el autor de Hechos y dicho mémorables , redactados a principios del tiempo imperial. Su obra es una recopilación de temas sobre algunos temas (Presagios, Moderación, Gratitud...) ilustrados por anécdotas extraídas de la historia de Roma y el pueblo extranjero.

 

 

 

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TOMA de INTERCATIA  (Hoy AGUILAR DE CAMPOS)

LUCULLUS
SCIPION EMILIANO

 

Un joven hombre que promete

Scipio Aemilianus, cum in Hispania sub Lucullo duce militaret, atque Intercatia praevalidum oppidum circumsederetur, primus moenia eius conscendit. Neque erat in eo exercitu quisquam aut nobilitate aut animi indole aut futuri praesagiis, cuius saluti magis parci et consuli deberet: sed tunc clarissimus quisque juvenum pro amplificanda et tuenda patria plurimum laboris ac periculi sustinebat, deforme sibi existimans, quos dignitate praestaret, ab his virtute superari; ideoque Aemilianus hanc militiam, aliis propter difficultatem vitantibus, sibi depoposcit.

-          Valerius Maximus , III, II, 6

 

 

 

 

Un joven hombre que promete

 Scipion Emilien era soldado en África bajo los órdenes de Lucullus y se asediaba la ciudad temible de Intercatia. Fue el primero en subir a las defensas de ésta. Había bien en este ejército una persona quien por su nobleza, por sus talentos y por sus futuras pretensiones incluidas hola lo habría debido proporcionarse y cuyo cuidado se habría debido tomar. Pero en esta época un joven hombre muy famoso aceptaba más cansancios y peligros para aumentar y proteger su patria. Consideraba como una cosa avergonzada excederse en valor por aquéllos que sobrepasaba en prestigio. Esta es la razón por la que Scipion Emilien exigió para él esta acción militar que otros evitaban debido a su dificultad.

-          Valerius Maximus, III, II, 6

 

 

 

 

Vida de Scipion Emiliano

 

Scipion Émilien dice también Scipion el Segundo Africano, o Scipion el Numantin(Publius Cornelius Scipio Aemilianus Africanus minor). Hombre político y general romano (?, v. 185 Roma, 129 antes de. J. - C.). Hijos del general Paul Émile el Macédonique , héroe de la tercera guerra Macedonia, pertenecía, tanto del lado paternal como del maternal, a la élite aristocrática del patriciado; entró en la familia de Scipions después de su adopción por los hijos de Scipion el Africano, Publius Cornelius Scipion, que no tenía hijos a quienes transmitir sus bienes y, más importante aún, el culto de sus antepasados; casó a Sempronia, a hermana Gracques. Combatió al lado de su padre a la batalla de Pydna (168 antes de. J.-c.) y, después de haber sido cuestor, participó como tribuno militar a las sedes de Intercatia (151 a.d.. J.-c.) en España, y de Cartago (149 a.d.. J.-c.). Mû seguramente por motivos más políticos (deseaba debilitar un reino cuya potencia podía revelarse peligrosa para Roma) que de justicia, se produjo a continuación de manera decisiva en la división de Numidia entre los tres hijos del rey Masinissa (148 a.d.. J.-c.), evitando designar a un único heredero.De vuelta en Roma, presentó su candidatura a la edilidad, un puesto relativamente modesto, pero, de 38 años apenas, no podía pretender a cargo más elevado (era necesario tener 36 años para para ser edil curul, 39 para para ser preconsul, y 42 para para ser cónsul); sin embargo, sus hazañas le habían adquirido tal renombre que los comicios lo eligieron cónsul (147 a.d.. J.-c.) por un voto especial que le eximía de la edad requerida para ejercer esta función, y, a pesar de la ley que quería que las provincias eran asignadas por sorteo, se vive confiar la orden suprema del ejército que combatía en África contra Cartago. De vuelta bajo las paredes de la ciudad asediada a principios del año 146, Scipion llegó exactamente a tiempo para salvar por una hábil maniobra al legado Mancinus, cuya tentativa de desembarque al Marsa corría el riesgo de volver al desastre, luego comenzó por volver a dar de valor al ejército romano, cuya inactividad de sus antecesores había alterado la disciplina; por último, en experto del arte de las sedes, hizo construir entre el lago de Túnez y el Sebkha del Ariana, un conjunto de fortificaciones, paredes y zanjas que cerraban en Cartago toda carretera terrestre, mientras que una presa sellaba su acceso hacia el mar. Al cabo de varios meses, hizo dar el asalto final (abril 146); pero muerta de hambre agotada la ciudad,, resistía sin embargo aún; por ello, con el fin de limitar las pérdidas causadas al ejército romano por las peleas callejeras, Scipion hizo encender un inmenso incendio. Cuando la última resistencia cesó, después de la toma de la ciudadela de Byrsa, Cartago no era ya mas que un campo de ruinas, donde el incendio duró diez días. Nada viene a confirmar la leyenda según la cual Scipion habría querido esterilizar para siempre al suelo de la antigüedad enemiga haciendo pasar el arado después haber extendido sal: esta "técnica", extranjera a la tradición romana, parece haber sido inventado por el historiador bizantino Sozomène. En cambio, Scipion hizo proceder a la ceremonia del devotio , es decir, a la consagración del suelo cartaginés a los divinidades del infierno, a Tellus y a Veiouis, amo de los Infiernos, y a los  nombres de los muertos .Después de haber organizado la provincia de África, Scipion volvió de nuevo a Roma donde se celebró su triunfo y donde recibió el apodo de Africano . Reelegido cónsul en el año 134 (aunque la reelección a este cargo fuera ilegal) y, sin sorteo, España le fue asignada como provincia de orden por un senatus-consultar. En esta provincia, los Celtíberos, que habían reanudado las hostilidades ("tercera guerra celtíbera") amenazaban Numancia, y el cónsul anterior habían celebrado con ellos un acuerdo que se asemejaba a una capitulación. De inmediato, al llegar, Scipion invade el país del Vaccaei  de donde el Numantinos se abastecían. Puso a continuación sitio a Numancia, después de haber hecho delimitar la ciudad de un impresionante sistema de circunvalaciones. Después de seis meses de un sitio implacable, Numancia muerta de hambre se tomó de asalto y su población entera masacrada, excepto cincuenta hombres quienes Scipion hizo reservar para su triunfo (133 a.d.. J.-c.).Entra en Roma después de la muerte de Tiberius Gracchus, se mostró hostil tanto a su reforma agraria como a las condiciones anticonstitucionales en las cuales se había tomado. Persistiendo en su actitud conservadora, se opuso a la propuesta de C. Papirius Carbo de autorizar un segundo mandato para el tribuno. Murió brutalmente, en circunstancias misteriosas, pero de apariencia natural. Intelectual de gran valor, docto al final, dedicándose de buen grado a filosofía, de una generosidad facilitada por una fortuna inmensa, Scipion Émilien fue un gran admirador de la cultura griega de los cuales él favoreció la difusión en Roma a través de un círculo literario incluido el historiador Polybe, que había sido su mentor en su juventud, el filósofo estoico Panetius (Panaitios) de Rodas, los poetas Lucilius y Térence fueron los miembros más famosos.

 

 

 

Los soldados de Lúculo iban buscando el triunfo y el botín y se encontraron sin guerra. Su general decidió hacerla como fuese y enriquecerse con vergüenza para los mismos romanos, marchando sin motivo contra Cauca (Coca), pretextando que apoyaba a los carpetanos atacados por ellos. Les hizo 3 000 muertos a las puertas de la ciudad, y cuando concedió la paz que le pidieron los ancianos, entró a saco y degolló a casi todos los habitantes, " llenando de vergüenza a los romanos ", en frase de Apiano.
Siguió hasta Intercatia, capital de los vacceos, cerca de Villalpando, donde rehusaron la alianza que proponía, diciéndole que sería como la de Cauca, por lo cual sitió la ciudad, a la que se habían acogido 20.000 hombres de a pie y 2.000 de a caballo, circunvalándola hasta que llegó el hambre al campamento romano y entraron al asalto abriendo brecha, pese a lo cual fueron rechazados, muriendo más de la mitad al caer en una balsa, por desconocer el terreno. Pero como también llegó el hambre a los defensores, aceptaron la paz de Lúculo, fiados de Escipión, que estaba a sus órdenes y les merecía crédito por el recuerdo de su padre.
Lúculo fue entonces, temerariamente, sobre Pallantia (Palencia), la ciudad vaccea más fortificada, en el desconocido centro de la Meseta, donde el frío y la falta de provisiones y logística para lograrlas le obligaron a desistir, yendo a invernar al sur, donde terminó sin gloria la guerra contra los vacceos.

(*) Datos obtenidos de Historia de la Fas (Redondo Díaz) e Historia de España (del Nido Martín)