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La visita Real de S. M. el Rey Don Alfonso XIII a la zona de las Hurdes, en el año 1922, marca uno de los acontecimientos notables de la villa de Granada, ya rozando los últimos años de su existencia. Fue el propio rey el que se acercó hasta estos parajes para descansar y beber agua. Su recorrido por los pueblos de Las Hurdes sería largo y fatigoso, pues era necesario realizarlo a caballo. Hasta la puerta de la villa salieron a recibirle las autoridades locales, guardia civil y vecinos.

En el cortejo real también se hallaba D. Gregorio Marañón y altas personalidades de su Casa Militar, que junto con el rey coincidieron en la contemplación y admiración del notable castillo de la villa de Granada, aconsejando éste último a las autoridades su cuidado debido a la singularidad de su belleza y trazas arquitectónicas.

Acerca de este viaje real, existe una crónica un tanto desenfadada, como corresponde a la manera de redactar de D. Andrés Pérez-Cardenal, en su libro Por Sierras y Campos Salamanquinos, que merece la pena ser trascrito como sigue:

...Tenía yo convenido, con mi amigo Manuel Muñoz-Orea, que si el Rey, como la prensa ya anunciaba, venía a las Urdes y entraba en ellas por Extremadura, me llevaría aquél en su auto hasta Granadilla, el pueblo de su señora, para presenciar desde allí el paso de la regia comitiva hacia la capital urdana, el Casar de Palomero.

Así es que en cuanto supe a ciencia cierta el día y la hora en que D. Alfonso salía de Madrid para las Urdes, busqué a mi amigo por todas partes; di al cabo con él en la Plaza Mayor (el sitio donde a cualquier salmantino que se os pierda lo encontraréis) y le solté, sin más exordios, lo siguiente:

-Mi querido Manolo; llegó al fin el deseado día en que veamos si es verdad que ese estupendo Rolls-Royce, es capaz de llevarnos hasta Granadilla a tiempo de ver por allí pasar al Rey y a su séquito, camino de las Urdes. Para lo cual, mi querido amigo, es necesario que mañana mismo salgamos de aquí muy temprano, a fin de que, antes de las ocho, hayamos dejado atrás nuestra ruta por carretera. De otro modo nos exponemos a que la Guardia Civil, que para esa hora tendrá ya montado el servicio de vigilancia, nos moleste parándonos a cada paso y nos pida la documentación y hasta nos detenga como sospechosos, que vaya usted a saber si no se lo podemos parecer a alguna sencilla pareja de Diosleguarde, pongo por caso, por primera vez en su vida en el delicado servicio de custodiar el camino de Su Majestad el Rey.

-¡Pero hombre, usted cree...!

- Yo lo creo todo, mi querido Manolo, después de lo que he oído, y mucho más con el modo de interpretar órdenes policíacas de esta monta que se gastan las autoridades por estas tierras de pan llevar, tan poco frecuentadas por el Rey.

-Bueno, pues, ni una palabra más; fije usted la hora y el sitio de partida y mañana a Granadilla o al charco.

-A mí me parece que saliendo de Salamanca a las cuatro y media el Rolls-Royce de usted sí nos pondrá en el camino muerto de Granadilla antes de las ocho de la mañana...

-¡Desde luego!

-Pues entonces hasta mañana, a esa hora, a la puerta de su casa de usted.

-Conforme. Hasta mañana.

Y dicho y hecho, al día siguiente, a las cuatro y media de la mañana, en la puerta de Manolo, subíamos al auto, su señora, él, yo y su chofer. Y en marcha enseguida, calle de Zamora adelante, para bajar, por la Ronda, al Puente Nuevo, llegar al Arrabal y en él tomar la carretera de Béjar arriba.

Y me complazco en manifestar a ustedes que de las molestias del madrugón, muy pronto nos repusimos todos con la agradable temperatura de la mañana y con la sorprendente belleza de los paisajes del camino, alumbrada por la divina luz de los primeros rayos del sol naciente que todo lo hermosean.

Al llegar al alto de las Cuatro Calzadas, gozamos del estupendo panorama de contemplar nuestras serranías; los espléndidos neveros y los erizados picos de Gredos y de la Sierra del Barco, y las canchaleras y chatas lomas de las de Béjar, Peña de Francia y las Urdes.

Y ya comenzamos, entonces, a barruntar, por la calma del ambiente y por una faja gris de canícula que se veía subir de las tierras bajas de Extremadura, que el calor de aquel día iba a ser de prueba. De Baños para abajo aguantaríamos, en lugar del agradable sol naciente de estas altas llanadas, un achicharrante sol de justicia, ilustrado, además, con tábanos, moscas, mosquitos y todos los insectos atormentadores de la humanidad.

¡Mal día para que la regia comitiva hiciera, a caballo, las tres horas desde Segura al Casar de Palomero!.

En Vallejera tuvimos un pinchazo que nos hizo perder allí media hora y que Manolo y el chofer la sudaron de lo lindo cambiando la rueda, en tanto que su señora y yo, gracias a nuestra inutilidad para colaborar en aquellas mecánicas tareas, la pasamos muy bien, contemplando los bellísimos paisajes que desde tan soberbio mirador se dominan y comentando, también, si de repetirse la avería, nos cogería en la carretera el fatal momento en que la Guardia Civil empezara a echar el alto a los automovilistas, lo cual podría chafarnos la excursión.

Cuando pasamos Béjar, por la puerta del cuartel de la Guardia Civil (las siete y cuarto), se notaba ya en el patio del mismo, movimiento de tropas para salir a prestar el servicio.

Y más adelante, en el paso a nivel del ferrocarril entre Béjar y Cantagallo, encontramos la primera pareja, guardando la carretera. De aquí en adelante, de trecho en trecho, la vigilancia estaba montada en todo el camino, en especial a la entrada y salida de los pueblos.

Pues, a pesar de nuestro miedo, ninguna pareja nos dijo una palabra. Y es que como en Salamanca me habían alarmado nuestros detectives, informándome que desde las ocho de la mañana la Guardia Civil detendría, en la regia ruta, a todos los autos que pasaran, hecha excepción de los ocupados por los diputados a Cortes. ¡Y eso que los Padres de la Patria por aquel entonces aún estaban a media dieta...!

De que pedirían a los viajeros la documentación. Y de que podrían hasta detenerlos, si les parecían sospechosos.

Por todo esto, nuestro miedo a que con otro pinchazo nos quedáramos en la carretera, hasta las ocho de la mañana, y entonces... adiós excursión proyectada, si a un tricornio se le antojaba escabecharla.

Felizmente y gracias a nuestro valiente Ford, no ocurrió así. Hurra al Ford!!!

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