Estamos en tierras de Extremadura. Aquí, en el norte de Cáceres, en la frontera sur de la provincia de Salamanca, no lejos de Las Hurdes, existe un antiguo conjunto fortificado levantado entre el río Alagón y el arroyo de La Aldovara. Sus orígenes se remontan hasta el siglo noveno. Los árabes, constructores y fundadores de la misma, le pusieron por nombre

GRANADA

Estas páginas que recogen lo que un día fue la villa de Granada, quieren ser un homenaje a todos los habitantes que, de buen grado o por la fuerza, se vieron en la necesidad de abandonar las tierras que les vio nacer. El sacrificio de su desarraigo ha de ser para que las sucesivas generaciones de jóvenes, que pasan una semana entre sus calles y casas mediante programas educativos, conozcan las adversas condiciones en que se desenvolvía las vidas de tantos habitantes de los pueblos atrasados que había en España hasta no hace mucho tiempo, debido a la dejación de funciones de tantas Administraciones ineficaces y al permanente afán del mando de los caciques locales, incapaces de mejorar otra cosa que su propio provecho. Y en Granadilla hubo mucho de esto hasta los últimos minutos de su azarosa existencia.

Paisaje que ofrece el embalse de Gabriel y Galán en un atardecer de verano, visto desde la atalaya del castillo.


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A mi madre, Valentina Muñoz-Orea Fernández,

habitante de Granadilla, in memoriam.


¡Ven con nosotros!. Te mostraremos una Villa de ensueño. Parada en el tiempo. Aislada de la ruidosa civilización consumista. Un lugar que te hará soñar tiempos pasados, de limpios amaneceres y atardeceres llenos de paz. Allí se oye a los pájaros cantar sus correrías por los campos libres; a las aguas relatar su largo viaje desde los altos neveros; a los ciervos sus aventuras de celo y pastos.

Allí existe la magia de leyendas románticas que se desarrollaron en el corazón de la edad media; de heroicos lances y luchas románticas en nombre de la mujer amada.

Allí todo es paz y armonía, sosiego para el espíritu y descanso para el cuerpo. Allí es ... ¡en fin!, ¡qué quieres que te cuente!. Pasa y lo verás por ti mismo.

Granadilla las vio nacer... y ellas la vieron morir, ahogada por el embalse de Gabriel y Galán. Desde lo alto del castillo, arruinada su techumbre observan la inexorable subida de las aguas.


                                        

Castillo de Granadilla en su época de despoblamiento, allá por el año 1979. Todavía no le habían puesto la horrorosa "boina" metálica que actualmente tiene.


La experiencia que yo he tenido en este maravilloso pueblo perdido por la Alta Extremadura ha sido extraordinaria. Además de enamorarme del lugar, que ya conocía por haberlo visto numerosas veces antes de su reconstrucción y rehabilitación (no en vano mis antepasados nacieron allí, y de allí se vieron forzados a emigrar a otras tierras), me impulsa cada cierto tiempo la imperiosa necesidad de volver a él. Pasear por sus calles e impregnarme de esa melancolía que sólo conocen los que han estado allí alguna vez Y aunque no lo conocieran de antes ni tuvieran relación familiar alguna con aquellos habitantes que le dieron vida hasta hace pocos años, sentirán algo especial en sus espíritus.

¿Por qué gusta tanto?...


Porque es un lugar mágico, cargado de energía, de leyendas románticas, de historia, de trabajo, de sacrificio, de vidas y muertes de gentes y familias que hicieron posible que hoy existiera tal y como es. Que guarda todas sus características medievales y ambientales. Que fue cabeza de un amplio territorio que se tradujo en la formación de los Sexmos de la Villa y Tierra de Granadilla. Un pueblo único en su género, distinto, original, condenado a muerte y sacrificado en aras del progreso de las muchas villas y caseríos que un dia tuvo bajo su dominio, pero también bajo su protección, y que más tarde, por el devenir de la historia ...

... ¿y después? . Después ...

Pero la historia de este lugar es tan bonita que prefiero contarla poco a poco, sin prisas ...Y más tarde, en la primera ocasión que tengas, ¡vete allí!. Mejor un sábado por la tarde o un domingo por la mañana porque habrá poca gente. Llévate contigo el silencio, tan escaso en las ciudades, para poder oír lo que la naturaleza te va a contar.


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